VATICANO – Papa Francisco: el “protagonista” de la misión es el Espíritu Santo. Por eso hay que invocarlo

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Roma – En la Iglesia «todo debe ser conforme a las exigencias del anuncio del Evangelio; no a las opiniones de los conservadores o los progresistas, sino al hecho de que Jesús llegue a la vida de las personas». Y esto puede ocurrir fácilmente cuando uno se deja arrastrar y sigue dócilmente la acción del Espíritu Santo, «que precede a los misioneros y prepara los corazones». Porque «el protagonista» del anuncio cristiano no es la Iglesia, no son los Apóstoles, «no es Pedro, Pablo, Esteban o Felipe, sino el Espíritu Santo». Es el Espíritu Santo, y no las estrategias de los hombres, el «motor de la evangelización». Por eso la Iglesia debe invocar y rezar incesantemente al Espíritu Santo.
Con estas y otras sencillas y evocadoras alusiones, el Papa Francisco ha vuelto a sugerir cuál es la fuente y la finalidad de la misión de la Iglesia, y la acción que le corresponde. Lo ha hecho durante la audiencia general de hoy, 22 de febrero, Miércoles de Ceniza, continuando el ciclo de catequesis dedicadas a la pasión evangelizadora y al celo apostólico.
Retomando palabras muy presentes en el “manual de la misión” que acompaña este tiempo eclesial como una nota dominante, el Obispo de Roma ha repetido que en la obra apostólica encomendada a la Iglesia «toda opción, todo uso, toda estructura, toda tradición debe ser evaluada en la medida en que favorezca el anuncio de Cristo».
El Papa Francisco, en su nueva catequesis, ha partido de las palabras del Evangelio de Mateo con las que Jesús envía a los Apóstoles al mundo para hacer «discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Santo Espíritu». Jesús Resucitado – ha señalado el Papa Francisco – pide a los suyos que vayan «no a adoctrinar, no a hacer proselitismo, no, sino a hacer discípulos, es decir, a dar a todos la oportunidad de entrar en contacto con Jesús, de conocerlo y amarlo libremente». El mismo acto de bautizar, ha continuado el Obispo de Roma «expresa una acción vital: sumergir la propia vida en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. Bautizar es sumergirse en la Trinidad». Cuando «Jesús dice a sus discípulos -y también a nosotros-:“¡Id!”, no comunica sólo una palabra. No. Comunica también el Espíritu Santo, porque es sólo gracias a Él, al Espíritu Santo, que se puede recibir la misión de Cristo y llevarla adelante».
El Sucesor de Pedro, para atestiguar que la fuente de la misión es el Espíritu Santo, ha evocado la imagen de los Hechos de los Apóstoles en la que los discípulos de Jesús, «pescadores, en su mayoría analfabetos», permanecen encerrados en el Cenáculo por miedo, hasta que, el día de Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre ellos para darles fuerza y consuelo, impulsándoles a comenzar su labor apostólica. Luego el Papa ha añadido: «el anuncio del Evangelio, por tanto, se realiza sólo en la fuerza del Espíritu». Y los mismos Hechos de los Apóstoles certifican en cada página que «el protagonista del anuncio no es Pedro, Pablo, Esteban o Felipe, sino el Espíritu Santo».
Para mostrar “cómo” actúa el Espíritu en la Iglesia, y cuáles son los criterios de su acción, el Papa Francisco se ha referido a «lo que se llama el “concilio de Jerusalén”, el primero de la historia», descrito por el Sucesor de Pedro como un «momento neurálgico de los inicios de la Iglesia», relatado en los Hechos de los Apóstoles, «que también nos puede decir mucho a nosotros». En ese momento, la naciente comunidad cristiana debe establecer « cómo comportarse con los paganos que se acercaban a la fe, con los que no pertenecían al pueblo judío». En aquella coyuntura -ha ejemplificado el Papa- se formaron dos posiciones contrapuestas entre quienes consideraban o no indispensable la observancia de la Ley. En aquella tensa situación « Se podría haber buscado un buen acuerdo entre tradición e innovación: algunas normas se observan y otras se ignoran». Sin embargo, los Apóstoles, ya en el Primer Concilio de Jerusalén, «no siguen esta sabiduría humana para buscar un equilibrio diplomático entre una y otra». Más bien se sienten atraídos a seguir «la obra del Espíritu que les había anticipado, descendiendo tanto sobre los paganos como sobre ellos. Y por eso, quitando casi toda obligación ligada a la Ley, comunican las decisiones finales, tomadas – y escriben así -: “el Espíritu Santo y nosotros”». Siguiendo la atracción del Espíritu Santo, los Apóstoles caminan de mutuo acuerdo, juntos, sin dividirse, «a pesar de tener sensibilidades y opiniones diferentes». Y el Espíritu Santo, por su acción, «enseña una cosa, que también es válida hoy: toda tradición religiosa es útil si facilita el encuentro con Jesús».
La histórica decisión del primer Concilio – ha remarcado el obispo de Roma – «estuvo movida por un principio, el principio del anuncio: en la Iglesia todo debe ser conforme a las exigencias del anuncio del Evangelio; no a las opiniones de los conservadores o los progresistas, sino al hecho de que Jesús llegue a la vida de las personas. Por tanto, toda opción, todo uso, toda estructura, toda tradición debe ser evaluada en la medida en que favorezca el anuncio de Cristo». El Espíritu Santo – ha proseguido el Pontífice – «es la luz que orienta a la Iglesia: esclarece, ayuda a distinguir, ayuda a discernir. Por eso es necesario invocarlo a menudo». Porque «como Iglesia podemos tener tiempos y espacios bien definidos, comunidades, institutos y movimientos bien organizados, pero sin el Espíritu todo queda sin alma Si la Iglesia no le reza y no le invoca, se encierra en sí misma, en debates estériles y agotadores, en fatigosas polarizaciones, mientras se apaga la llama de la misión. Es muy triste – ha dicho el Papa en uno de los pasajes añadidos “de manera improvisada” al texto leído – ver a la Iglesia como si fuera un parlamento; no, la Iglesia es otra cosa. La Iglesia es la comunidad de hombres y mujeres que creen y anuncian a Jesucristo, pero movidos por el Espíritu Santo, no por las propias razones».
El Papa Francisco ha terminado su catequesis leyendo una extensa cita de un libro del cardenal Carlo Maria Martini, queriendo sugerir cómo toda auténtica moción apostólica sólo puede surgir de los consuelos dados por el Espíritu Santo, el “Consolador”. «Sin duda es importante» escribía el cardenal Martini en 1997 «que en nuestras programaciones pastorales partamos de encuestas sociológicas, de análisis, de la lista de las dificultades, de la lista de expectativas y quejas. Sin embargo, es mucho más importante partir de las experiencias del Espíritu: este es el verdadero punto de partida. Y por eso es necesario buscarlas, enumerarlas, estudiarlas, interpretarlas. Es un principio fundamental que, en la vida espiritual, se llama primado de la consolación sobre la desolación. Primero está el Espíritu que consuela, reanima, ilumina, mueve; después vendrá también la desolación, el sufrimiento, la oscuridad, pero el principio para regularse en la oscuridad es la luz del Espíritu» Y para terminar el Papa ha añadido “siempre improvisando” «Este es el principio para regularse en las cosas que no se entienden, en las confusiones, también en tantas oscuridades, es importante. Tratemos de preguntarnos si nos abrimos a esta luz, si le damos espacio: ¿yo invoco al Espíritu? Cada uno se responda dentro. ¿Cuántos de nosotros rezamos al Espíritu?».

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