VATICANO – “Llevar la fe en Cristo al mundo y no la cultura occidental”. Cuál es el verdadero tesoro de Propaganda Fide

Catolicismo Innovación y Emprendimiento

Por Gianni Valente

Ciudad del Vaticano – “Existe un punto en la ‘política misionera’ de Propaganda Fide que nunca se ha negado: la igual dignidad de toda cultura, la obligación de utilizar las lenguas locales y no imponer la propia. La necesidad de llevar la fe y no la cultura occidental al mundo”. Este es uno de los elementos distintivos que recuerda el historiador Gianpaolo Romanato entre los “rasgos genéticos” que han marcado la historia de la Sagrada Congregación “de Propaganda Fide” desde su fundación hace 400 años
El historiador veneciano, profesor de Historia de la Iglesia Moderna y Contemporánea en la Universidad de Padua, ha sido el encargado de extraer las conclusiones del Congreso Internacional “Euntes in mundum universum”, celebrado en la Pontificia Universidad Urbaniana del 16 al 18 de noviembre, con motivo del IV Centenario de la institución de Propaganda Fide . En su discurso, articulado en 4 puntos, Romanato ha ofrecido estupendas reflexiones para confirmar que no es conveniente desechar los hechos históricos de Propaganda Fide como una reliquia del pasado, y que muchas reflexiones surgidas en épocas pasadas en los salones de Propaganda Fide pueden sugerir planteamientos muy actuales para el presente y el futuro de la misión encomendada a la Iglesia. En muchos sentidos –ha subrayado Romanato-, el enfoque y la visión ejercidos en el pasado por el Palacio de la Propaganda representan un precioso tesoro para inspirar en lo concreto el trabajo del Dicasterio para la Evangelización, llamado a recoger el legado de la gran aventura de Propaganda Fide.
En los siglos en que el colonialismo europeo invadía el mundo y exportaba a todas partes la idea de la superioridad de Europa, ejemplificada con el famoso estereotipo cultural de la “carga del hombre blanco”, en Propaganda Fide – ha recordado Romanato – “se seguía el camino contrario. No la superioridad de nadie, del hombre blanco, del europeo, del occidental, sino la igualdad y la misma dignidad de todos”. El principio que siempre ha afirmado Propaganda Fide, “casi como un dogma”, de que el misionero “debe aprender la lengua local, por difícil y lejana que sea”, daba testimonio de este enfoque. De hecho, “hablar la lengua del interlocutor es la principal forma de hacerle sentir a la par” y no reducirle a una condición de sometimiento.
Propaganda Fide – ha subrayado Romanato en la apertura de su discurso – también puede ser considerada como la primera institución ‘global’. “La Iglesia católica y el papado también lo eran”, ha reconocido el profesor, miembro del Comité Pontificio para las Ciencias Históricas desde 2007, “pero precisamente porque la Santa Sede había tenido que ceder el control y la gestión de la ‘plantatio Ecclesiae’ en los nuevos continentes a los gobiernos ibéricos , se creó una nueva institución romana para apoyar el crecimiento de las nuevas Iglesias “pasando por encima del ‘Patronato’ cedido a las potencias europeas”.
En el desempeño de su función – ha recordado Romanato – Propaganda Fide se convirtió en “la terminal de un extraordinario flujo de información mundial, que ha mantenido un papel central en Roma”. Un flujo de información ligado también a las dinámicas políticas y culturales que condicionaban el ‘estado del mundo’, y todo ello comenzó a producirse mucho antes de que se activaran procesos similares en las grandes capitales de los Imperios coloniales o en las grandes Organizaciones internacionales como la Sociedad de Naciones o la ONU. Además – ha señalado el profesor – incluso hoy en día las instituciones supranacionales reúnen a los dirigentes políticos de las distintas naciones, mientras que los flujos de intercambio de información que se activaron durante siglos en torno a la Propaganda Fide no estaban destinados a gestionar la “alta política”, sino a tratar cuestiones relacionadas con la vida cotidiana, la existencia diaria de las personas y las comunidades.
Propaganda Fide, en el desempeño de sus funciones, se enfrentó también de inmediato a la enorme cuestión de conjugar la unidad católica de la doctrina, de la fe, de la liturgia con la diversidad de las culturas, de las formas políticas, de las civilizaciones, de las lenguas, en una época en que las distancias y los peligros de los viajes hacían que el intercambio de información fuese precario. En el siglo XVIII – ha recordado Romanato – los misioneros destinados a las tierras del Paraguay tardaban cerca de un año en llegar a su destino. Y sin embargo, con todas las dificultades de la época y las limitaciones de los instrumentos, “en Roma se leía todo, se estaba informados de todo, se daba respuesta, quizá con gran retraso, a todas las cuestiones”. Los misioneros que llegaron al Extremo Oriente, o que se aventuraron en las regiones americanas más inaccesibles, como los Andes o el Amazonas, se acercaron a poblaciones “radicalmente diferentes, con formas de civilización y lenguas desconocidas entre sí”. Las cuestiones que plantearon dejaron claro que “la verdad del catolicismo romano estaba llamada a enfrentarse a estas diversidades radicales. Había que encontrar soluciones que pudieran conciliar la unidad de una misma fe y la teología que la expresaba con la diversidad de lenguas, y la multiplicidad de sensibilidades”. Salvar la unidad abrazando la multiplicidad fue la tarea, a menudo onerosa, que se le encomendó a Propaganda Fide, a la que siempre se le exigió una gran voluntad de adaptación. Fue una tarea ingente que “afectó también al Derecho Canónico”, con la aparición de una nueva rama específica, la del “Derecho Misionero”, que “se convirtió en una especie de reino de excepción y tolerancia respecto a la normativa vigente en la Iglesia latina”.
Romanato también ha recordado las decenas, y quizás los cientos, de miles de jóvenes que Propaganda Fide ha traído a Roma desde países lejanos, sin alterar sus culturas, para sostener su educación y luego devolverlos a sus comunidades de origen. Un fenómeno que también puede considerarse como un experimento extraordinario, “una contribución al entendimiento mutuo y al respeto entre los pueblos y las culturas”, que comenzó siglos antes de los intercambios y los programas “Erasmus” activados en la actualidad por las instituciones académicas y universitarias modernas. El profesor también ha desmentido los tópicos según los cuales las disposiciones de Propaganda Fide se tomaban siempre sobre la base de una unanimidad institucional impuesta desde arriba. A veces, las decisiones de Propaganda también pasaban por discusiones “furibundas” y prolongadas entre personas llamadas a expresar sus opiniones sobre cuestiones que surgían en países lejanos. “La cuestión de los ritos chinos”, ha recordado Romanato a modo de ejemplo, “permaneció sobre la mesa durante un siglo. En 1939, Pío XII lo retomó y anuló las decisiones tomadas a mediados del siglo XVIII. En la práctica, esta cuestión ha durado tres siglos, y quizás todavía dura…”.

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