VATICANO – Expectativas del mundo misionero en la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II

Catolicismo Innovación y Emprendimiento

Ciudad del Vaticano – “Uno de los principales frutos que todos esperan del Concilio es una participación más masiva de todo el mundo católico en la labor de las misiones. Hasta ahora, la escasez de misioneros ha impedido una cosecha más abundante. Nadie espera soluciones milagrosas, pero si se invitase al clero, a los obispos y a los sacerdotes de los países cristianos, a propagar con mayor celo el espíritu misionero, tal vez surgirían más vocaciones para dar nuevas energías a la Iglesia misionera. Si nuestro cristianismo se educara en el futuro en un sentido más netamente apostólico, no sólo en las familias, sino también en las diócesis y en los institutos religiosos, se podrían reclutar nuevos heraldos del Evangelio”. Así lo escribía la Agencia Fides el 10 de octubre de 1962. Comentando la intención misionera en el lenguaje de la época e identificando las expectativas del mundo misionero ante este acontecimiento eclesial histórico.
Además, “se espera otra contribución del Concilio a la santa causa de las misiones – continuaba Fides -. Según las palabras del Sumo Pontífice, la primera e inmediata finalidad del Concilio es presentar la Iglesia al mundo en su perenne vigor de vida y de verdad y con su legislación actualizada a las circunstancias actuales. Estos votos se refieren especialmente a los territorios de misión, donde el clima y el temperamento y las costumbres de los pueblos difieren tanto de otros ambientes cristianos. Se puede estar seguro, por tanto, de que de este Concilio saldrán las normas y directrices que permitirán una aplicación real y práctica de los principios de adaptación, de modo que se pueda presentar a la Iglesia no de forma ajena ni desvinculada de aquellos elementos particulares, sino con celosa piedad y comprensible orgullo, custodiados por cada pueblo y considerados como patrimonio privado”.
La Agencia Fides señaló una particularidad del Concilio: por primera vez en la historia de la Iglesia, “unos 600 obispos de los territorios de misión” se reunieron “en torno al Vicario de Cristo y en contacto inmediato con los obispos de la cristiandad de otros territorios donde vive el mayor número de católicos”. “En los países que los nuevos Apóstoles representan en el Concilio, viven algunos millones de católicos y más de un tercio de la población mundial, que hoy ha superado los tres mil millones. La presencia de los obispos misioneros en las asambleas conciliares manifiesta a todo el mundo, ya católico desde hace siglos, y especialmente a sus pastores, esta trágica situación, poniendo así a todo el episcopado en contacto inmediato con los problemas de la Iglesia universal”.
En su resumen del “Año Misionero 1961-1962”, publicado en la edición del 4 de agosto de 1962, Fides señalaba el importante número de nuevos obispos nombrados en los territorios de misión. “Desde septiembre de 1961 hasta finales de julio de 1962, el Santo Padre elevó al episcopado a 40 sacerdotes para los territorios de la S.C. ‘de Propaganda Fide’. De ellos, 11 son africanos, 18 europeos, 6 asiáticos, 3 americanos y 2 de Oceanía. Según los cargos que ocupan, se distribuyen de la siguiente manera: 5 arzobispos residenciales, 24 obispos residenciales, 2 coadjutores, 7 auxiliares y 2 vicarios apostólicos. Los territorios -diócesis o vicariatos- al frente de los cuales han sido colocados los mencionados prelados, están 23 en África, 11 en Asia, 4 en Oceanía, 1 en Europa y 1 en Sudamérica. Los titulares nombrados este año para las 10 sedes metropolitanas vacantes situadas en los territorios de la S.C. ‘de Propaganda Fide’ son 6 africanos, 2 asiáticos, 1 americano y 1 francés”.
Con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones de 1962, celebrada el domingo 21 de octubre, pocos días después de la apertura del Concilio, el Arzobispo Pietro Sigismondi, Secretario de la S.C. de Propaganda Fide y Presidente de las Obras Misionales Pontificias, publicó un mensaje, recogido por la Agencia Fides el 22 de agosto de 1962, que decía entre otras cosas: “La Jornada Mundial de las Misiones, destinada a estimular el fervor y la generosidad de los católicos para prestar ayuda de todo tipo a la labor de los misioneros, coincide este año con un acontecimiento de importancia histórica, en torno al cual gravitan la atención y el interés universales: el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ese mismo año, el 3 de mayo se cumplió el cuadragésimo aniversario de la promulgación del Motu Proprio ‘Romanorum Pontificum’, de Pío XI, que es como la carta magna de la cooperación misionera organizada y centrada en las Obras Pontificias de la Propagación de la Fe, de San Pedro Apóstol para el Clero Indígena, de la Santa Infancia y de la Unión Misional del Clero”.
A la espera del Concilio Ecuménico, continuaba Mons. Sigismondi, “el horizonte misionero se tiñe de nuevas esperanzas. Se trata, en efecto -según el Santo Padre- de un acontecimiento cuya luminosa irradiación en el mundo promete estar llena de dulces promesas para el apostolado en las Misiones; pues es de esperar que los fieles encuentren en la próxima asamblea ecuménica solemne, un mayor impulso y estímulo para dedicarse a la expansión de la fe católica.
Por eso, mientras que en Roma, madre y maestra de todos los pueblos, en el mayor templo de la cristiandad, están reunidos los obispos de todas las partes del globo, hombres de todos los colores, blancos, negros y amarillos, que hablaban todas las lenguas, pero unidos en la lengua latina universal, hermanos en Cristo y en el episcopado, miembros de un mismo Colegio episcopal, formando uno solo bajo la guía infalible del Sucesor de Pedro, para ofrecer la grandiosa y conmovedora visión de la catolicidad y de la unidad de la Iglesia, los fieles de todo el mundo, en la jornada misionera anual, movidos por una incontenible emoción de alegría, entusiasmo, admiración y generosidad, con renovado celo apostólico, elevarán oraciones de súplica al Señor de la mies y entregarán la Óbolo de la caridad”.

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