VATICANO – El secreto de Francisco Javier, “fuego que enciende otros fuegos”

Catolicismo Innovación y Emprendimiento

Por Gianni Valente

«El más grande de todos los misioneros de la era moderna». Así la monumental Historia de la Iglesia editada por el gran historiador Hubert Jedin califica a Francisco Javier, el santo jesuita cuya memoria litúrgica se celebra hoy. Añadiendo que este reconocimiento se debe no tanto al increíble número de personas que bautizó o a los milagros que se le atribuyen, sino a su «fuerza de atracción». Por eso también la extraordinaria historia de Francisco Javier -a quien en 1927 el Papa Pío XI proclamó Patrón de las misiones, junto con Santa Teresa de Lisieux- sigue hablando a nuestro presente. Especialmente a los que todavía hoy están implicados de una u otra manera en la misión que Cristo confió a los suyos.

«Un fuego que enciende otros fuegos»
La fuerza de atracción ejercida por el santo jesuita emanaba del dinamismo sencillo y gratuito que siempre ha marcado el comunicar la fe en Cristo: Javier, patrón de todos los misioneros, atraía a la gente hacia Cristo porque él, a su vez, había sido atraído por Cristo. «Un fuego enciende otros fuegos», afirma la expresión tan amada por los hijos de la Compañía de Jesús. En él, la liberación de una energía misionera inimaginable tuvo su punto de partida gracias al encuentro con Ignacio de Loyola en París, cuando era estudiante universitario y compartía habitación con el otro santo jesuita, Pedro Favre. Ignacio cautivó al ambicioso joven de temperamento fogoso repitiendo una frase del Evangelio: « ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?». «Qué gracia me ha dado Nuestro Señor en haber conocido al Maestro Ignacio», escribiría más tarde Francisco Javier. También formó parte de los siete primeros “compañeros de Jesús” que, el 15 de agosto de 1534, en la cripta de la pequeña iglesia de Santa María de Montmartre, juraron servir a Jesucristo en castidad y pobreza, peregrinar a Tierra Santa o -si eso no era posible- ir a Roma, poniéndose totalmente a disposición del Papa.
En su misión durante diez años en las Indias Orientales se encontró de todo: mareos en los barcos y catequesis entre los cazadores de perlas de la India. Enfermedades tropicales, hambre y sed. Naufragios y huidas a los bosques. Encuentros con mercaderes y esclavistas sin escrúpulos. Navegaciones a Java, Borneo, las Molucas, luego hasta Formosa, a través de las tierras de los cortadores de cabezas y hasta las islas de Japón. Pero todo emana del milagro íntimo de la atracción de la gracia, atestiguado por la promesa en la cripta de Montmartre. A lo largo de su vida, esa será la “compañía” que le mueva, consuele y sostenga. Sin ese fuego siempre ardiente, incluso las increíbles historias de Francisco Javier podrían parecerse a las de un aventurero espiritual insatisfecho. En cambio, todo lo que le sucede se origina en un acto de obediencia. El antiguo estudiante de París se encuentra arrojado donde nunca imaginó, y esto sucede aparentemente por casualidad, por seguir mansamente lo que Ignacio le pide, después de que otro “compañero de Jesús” destinado a las Indias Orientales haya tenido que abandonar. No volverá a ver a sus amigos. Cuando se va, ya sabe que «en esta vida nos “veremos” sólo por carta», como escribe en su primera carta. Sin embargo, el recuerdo feliz y consolador de ellos lo acompañará para siempre. No hace más que recordarlos. Escribe y recibe cartas de ellos que tardan una eternidad en llegar a su destino. Y cuando piensa en ellos, su gratitud llega a las lágrimas. Cuando murió, a los 46 años, el 2 de diciembre de 1552, llevaba una cadena al cuello con pequeño recipiente que contenía una reliquia del apóstol Tomás, la fórmula de su profesión y las firmas autógrafas de sus amigos recortadas de sus cartas. Esos eran los tesoros que siempre quiso conservar cerca de su corazón.

La misión tiene como horizonte el mundo
Su temperamento era extrovertido, lleno de optimismo, y al mismo tiempo capaz de llorar de soledad y amargura. Pero él mismo dice que se le acabaron las lágrimas sólo llorando de alegría y gratitud. En enero de 1552, cuando faltaba menos de un año para el final de su aventura terrenal, escribía: «Siento verdaderamente que puedo decir que en mi vida he recibido tanta alegría y felicidad». Lo escribe después de haber visto durante años las miserias humanas y el milagro de la acción de la gracia en los lugares lejanos a los que le llevó la audacia de los primeros jesuitas, enviados inmediatamente a los cuatro rincones del mundo cuando eran menos de diez. «Sí, eligieron la vida, con todos sus compromisos. […] Eligieron salir al mundo para enseñar el Evangelio, para enfrentarse a la vida cotidiana, con todo lo que implica de trágico, de corrupto, de mentiroso», escribió el periodista e historiador Jean Lacouture en su bestseller dedicado a los jesuitas.

Catecismo y sacramentos
En esos mundos lejanos, formados por otras culturas, marcados por todo el bien y todo el mal que puede salir del corazón de los seres humanos en cualquier momento y en cualquier tierra, Francisco Javier se aventura con astucia y realismo, aprendiendo idiomas, adaptando los modales e incluso la ropa a las diferentes situaciones. Se sirve de todo y se adapta a todo, para que la salvación de Cristo sea confesada en todas partes. Y si hoy algunos teorizan que la misión se hace con estrategias sociales, Francisco Javier reconoce que la gracia se transmite por los propios gestos de Cristo, que son los sacramentos: «Es tan grande la multitud de conversos -escribía el santo jesuita- que muchas veces me duelen los brazos de tanto que se han bautizado y ya no tengo voz ni fuerzas para repetir el Credo y los mandamientos en su lengua». Además enseñaba el catecismo y las oraciones más sencillas a niños y adultos. Abría discursos y conversaciones con señores, nobles y monjes budistas. Y en sus cartas no faltan alfilerazos hacia las ociosas abstracciones de quienes elaboran estrategias o especulan eruditamente en las academias teológicas de Occidente. Escribía que «se buscan hombres que sepan dar razones para vivir, porque en estos lugares se aprecia menos el conocimiento y mucho más la vida». E invitaba a sus compañeros a conversar con los seres humanos de carne y hueso, y con todos los pecadores, «haciendo que se abran a vosotros. Estos son los libros vivos con los que tienen que estudiar, tanto para la oración como para vuestro consuelo».

El atardecer del misionero
A la edad de 46 años, Francisco Javier es arrebatado por la muerte con una neumonía mientras se encuentra en una cabaña en la isla de Sancian, frente a China . Con él sólo tiene la compañía de un crucifijo y de un hombre chino que se ha hecho cristiano recientemente, que debía haberle acompañado en su nueva aventura para hacerle de intérprete. La imagen del “atardecer del jesuita” a la espera de entrar en China, relatada también en la obra “El divino impaciente” de José María Péman, ha sido repetida varias veces por el Papa Francisco. «El gran misionero Francisco Javier» ha recordado entre otras cosas el Obispo de Roma en el libro-entrevista “Sin Él no podemos hacer nada” sobre ser misioneros en el mundo de hoy «termina así, mirando a China, donde quiso ir y no pudo entrar. Muere así, sin nada, solo ante el Señor. Allí muere, es enterrado, y sucede como cuando se entierra una semilla». Es la suerte – añade el Papa – que corrieron todos los misioneros enterrados en las tierras de su misión: «Al morir en esos lugares, quedaron plantados en esa tierra como semillas». Los verdaderos misioneros, y las verdaderas misioneras de cualquier tipo -añade el Sucesor de Pedro-, no son sólo ‘enviados’. No son intermediarios. Van a la misión siguiendo a Jesús, con Jesús, junto a Jesús. Caminan con Él. Y cuando son grandes misioneros, se entiende que es Él quien los lleva».

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