VATICANO – El Papa Francisco a la Curia: en la idea de una “Iglesia pura para los puros” aflora la repetición de la herejía cátara

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Ciudad del Vaticano – Gratitud, conversión, paz. Estos son los tres “dones” que el Papa Francisco ha querido pedir para sí mismo y para los demás, en su discurso a cardenales, obispos y miembros de la Curia Romana, durante el encuentro para el tradicional intercambio de felicitaciones antes de Navidad. En su discurso, pronunciado en el Aula de las Bendiciones del Palacio Apostólico, el Pontífice ha sugerido que en la Navidad precisamente «la humildad del Hijo de Dios que viene en nuestra condición humana» es para nosotros «escuela de adhesión a la realidad», que además ayuda a reconocer que la primera cosa en el camino cristiano es la gratitud, y no la queja o el orgullo espiritual de considerarse mejor que los demás y atribuir valor salvífico a las propias estrategias y programas. Ideas y sugerencias de gran valor para todos aquellos que están implicados en la misión apostólica confiada por Cristo a la Iglesia.
Cuando «se examina la propia existencia o el tiempo transcurrido – ha dicho el obispo de Roma en la primera parte d su discurso – siempre es necesario tener como punto de partida la memoria del bien» – y no el lamento o la amargura por las cosas que han ido mal. Ser conscientes de nuestra pobreza sin serlo también del amor de Dios, «nos aplastaría». Acabaríamos «por hacer la lista de nuestras caídas y opacaremos lo más importante, es decir, las gracias que el Señor nos concede cada día», y que generan en nosotros la «gratitud», indicada por el Papa como el primero de los dones que hay que pedir con motivo de esta Navidad.
El segundo “don de Navidad” que el Pontífice ha pedido para todos sus colaboradores de la Curia romana es el don de la conversión, que nace de la gratitud y nunca puede considerarse como una posesión adquirida para siempre, un «discurso acabado». Lo peor que nos podría pasar – ha remarcado el obispo de Roma – «es pensar que ya no necesitamos conversión, sea a nivel personal o comunitario», mientras que ante el Evangelio «seguimos siendo siempre como niños que necesitan aprender. Creer que hemos aprendido todo nos hace caer en la soberbia espiritual».
«Lo contrario a la conversión es el fijismo» ha añadido el Papa, definiéndolo como «el error de querer cristalizar el mensaje de Jesús en una única forma válida siempre», mientras «conservar significa mantener vivo y no aprisionar el mensaje de Cristo». Por esto – ha remarcado el Papa – en el camino de la iglesia «Nuestro primer gran problema es confiar demasiado en nosotros mismos, en nuestras estrategias, en nuestros programas. Es el espíritu pelagiano del que he hablado otras veces». Ante este error, incluso algunos grandes “fracasos” eclesiales pueden asumir connotaciones de circunstancia propicia, «porque nos recuerdan que no tenemos que confiar en nosotros mismos, sino sólo en el Señor», y liberan de la ilusión de que la simple denuncia del mal resuelve los problemas. Una ilusión que impide reconocer las trampas más nefastas, procedentes de lo que el Papa Francisco llama los «demonios educados», a los que recuerda en su discurso con un inciso a una referencia histórica: «En el siglo XVII – por ejemplo – aconteció el famoso caso de las monjas de Port Royal. Una de sus abadesas, Madre Angélica, había comenzado bien; se había reformado “carismáticamente” a sí misma y al monasterio, expulsando de la clausura incluso a los progenitores. Era una mujer llena de cualidades, nacida para gobernar, pero después se volvió el alma de la resistencia jansenista, mostrando una cerrazón intransigente incluso ante la autoridad eclesiástica. De ella y de sus monjas se decía: “Puras como ángeles, soberbias como demonios”. 
Habían expulsado al demonio, pero más tarde volvió siete veces más fuerte y, bajo apariencia de austeridad y rigor, había llevado consigo la rigidez y la presunción de ser mejores que los demás».
El Sucesor de Pedro ha recordado «el engaño de creerse justos y despreciar a los demás», cómo incluso en las parábolas evangélicas llamadas “parábolas de la misericordia” Jesús mismo recuerda el riesgo de perderse «en casa, como en el caso de la moneda de esa mujer», o de vivir infelices «permaneciendo formalmente en el sitio del propio deber, como le sucede al hijo mayor del padre misericordioso». Dirigiéndose a los colaboradores que trabajan en la Curia, el Papa se ha detenido en el hecho de que «formalmente nuestra vida actual transcurre en casa, tras los muros de la institución, al servicio de la Santa Sede, en el corazón del cuerpo eclesial; y justamente por esto podríamos caer en la tentación de pensar que estamos seguros, que somos mejores, que ya no nos tenemos que convertir». Precisamente por esto – ha añadido el Papa «Nosotros corremos mayor peligro que todos los demás, porque nos asecha el “demonio educado”, que no llega haciendo ruido sino trayendo flores».
En la parte final de su discurso, el Pontífice ha hablado sobre la paz como el “tercer don” que hay que pedir esta Navidad. El Papa se ha referido a la «martirizada Ucrania» pero también en tantos conflictos que están teniendo lugar en diversas partes del mundo. «Si es verdad que queremos que el clamor de la guerra cese dando lugar a la paz – ha añadido el Papa – entonces que cada uno comience desde sí mismo», teniendo presente que «No existe sólo la violencia de las armas; existe la violencia verbal, la violencia psicológica, la violencia del abuso de poder, la violencia escondida de las habladurías, que hacen tanto daño y destruyen tanto». El Pontífice ha sugerido también cuáles son los únicos antídotos eficaces contra las espirales de la dureza, la murmuración y el vicio de mortificar a los demás. Una parte de las obras de misericordia es la benevolencia «es aceptar que el otro pueda tener sus límites». Personas e instituciones «precisamente porque son humanas, son también limitadas. Una Iglesia pura para los puros es sólo la repetición de la herejía cátara. Si no fuera así, el Evangelio, y la Biblia en general, no nos hubieran narrado los límites y los defectos de muchos de aquellos que hoy nosotros reconocemos como santos».
La posibilidad de un reinicio experimentado en la vida cristiana no depende de rigorismos y métodos de autopurificación, sino que descansa enteramente en el perdón, que significa «conceder siempre otra oportunidad», y encuentra su fuente inagotable en el misterio de Jesús, que nació en Belén y luego, «al hacerse grande, se dejó clavar en la cruz. No hay algo más débil que un hombre crucificado y, sin embargo, en esa debilidad se manifestó la omnipotencia de Dios. En el perdón obra siempre la omnipotencia de Dios. Que la gratitud, la conversión y la paz sean entonces los dones de esta Navidad».

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