Péguy, en el umbral de la Iglesia

Catolicismo Innovación y Emprendimiento

Por Gianni Valente

Orléans – «Un niño cristiano – escribía Charles Péguy – no es otra cosa que un niño al que se le ha presentado mil veces ante los ojos la infancia de Jesús». Él, el gran poeta francés que supo relatar y confesar con una intimidad sin igual el acontecer del misterio cristiano en el corazón de la modernidad “no cristiana”, vino al mundo en Orleans hace exactamente 150 años, el 7 de enero de 1873. Abrió los ojos a un mundo en el que las obras y los días de los hombres y las mujeres de la época parecían seguir todavía las huellas y los humores del cristianismo francés, formado por pobres gentes «que revestían las sillas con el mismo espíritu con el que esculpían sus catedrales». Pero luego, su corta e intensa vida transcurrió en gran parte entre personas y contextos que parecían haber descartado también a la Iglesia y la doctrina cristiana como vestigios de un pasado desaparecido, fósiles del Antiguo Régimen.

Vivió entre la generación de los que él mismo describiría como «los primeros, después de Jesús, sin Jesús».
Joven militante republicano y socialista, tras haberse liberado de adolescente de la herencia de su primera educación cristiana, pasó su juventud con un encendido compromiso entre ateos, agnósticos y librepensadores, aquellos que frecuentaban la tertulia intelectual de los Cahiers de la Quinzaine, la revista que él mismo fundó. Precisamente en ese momento, inmerso en ese mundo, redescubrió por casualidad la fe cristiana como puro don de la gracia. Un nuevo comienzo que él mismo nunca experimentaría como abjuración y negación de su vida transcurrida hasta entonces ‘in partibus infidelium’. También por eso, exactamente 150 años después de su nacimiento, los rasgos incomparables de su aventura existencial pueden ofrecer preciosos indicios de consuelo para quien se preocupa por la misión de confesar el nombre de Cristo en el tiempo presente, especialmente en tierras donde -como decía el Papa Benedicto XVI- «la fe corre el peligro de apagarse como una llama que ya no encuentra alimento».

En la tierra descristiana
A los diecisiete años, Péguy ya no era cristiano. En aquel periodo escribía: «Todos mis compañeros se han liberado del cristianismo como yo. Los trece o catorce siglos de cristianismo implantados entre mis antepasados, los once o doce años de enseñanza y a veces de educación católica sincera y fielmente recibida han pasado sobre mí sin dejar rastro». Su temperamento generoso se inflamaba con los mitos de la fe republicana revolucionaria, hasta desembocar por último en un socialismo místico. Siendo un joven universitario, se casó por lo civil con Charlotte Beaudin, de 18 años, perteneciente a un clan familiar que vivía en el mito de la Comuna de París.
A esa tierra descristiana, que considera el cristianismo como un pasado que no le concierne, es a la que pertenecía Péguy cuando diez años más tarde redescubrió por gracia, el hilo de oro que unía su vida a Jesús y a su Salvación.
Para Péguy, la reaparición de la fe cristiana fue un nuevo comienzo de gracia, el milagroso florecimiento de un capullo en el desierto de una vida cansada. Un hecho que no fue comprendido ni por su esposa ni por la familia de ella, que lo desestimaron como un caso de “crisis religiosa”. Esto deja a Péguy en una condición singular: casado con una mujer atea, con tres hijos no bautizados, no puede acercarse a los sacramentos. Se convierte en un cristiano colocado por estatuto “en el umbral” de la Iglesia. Su matrimonio civil y el no bautizar a sus hijos constituyen una grave omisión de sus deberes como esposo y padre cristiano. Una condición aún más dolorosa por los ataques y acusaciones de intelectuales católicos que le reprochan no haber llegado a enfrentarse con su esposa para obtener la regularización de su unión y el bautismo de su prole.

El misterio y la acción de la gracia
Precisamente de esa condición que vivía emanan las obras en las que Péguy relata sin parangón la raíz y los rasgos del olvido moderno del cristianismo, y de cómo, en el seno de ese olvido, el cristianismo puede volver a florecer.
Desde que Dios se hizo hombre – repetía Péguy – la fe ha reconocido que la «técnica misma» del acontecimiento cristiano consiste en la «unión de lo eterno y lo temporal». Un «injerto de lo eterno en el tiempo» realizado en el misterio de la encarnación de Nuestro Señor, y manifestado en la reaparición temporal de la gracia, en los continuos «reinicios» carnales de la gracia en el tiempo, los “nuevos comienzos” de la actuación de Cristo mismo y de su Espíritu en la vida de las personas, de las comunidades y de los pueblos. No fueron las influencias filosóficas y políticas externas las que causaron la pérdida moderna de la memoria cristiana o el «rechazo de todo el mundo a todo cristianismo», repetía Péguy: Más bien, en la raíz del desastre estaba el «error de mística», que consiste en dejar de esperar, en dejar de reconocer la acción de la gracia en el tiempo. Un impulso para eliminar y ocultar «el misterio y la operación de la gracia»: Fuera de este dinamismo – advertía Péguy – no queda nada del cristianismo, sólo «parodias infames» que, en el mejor de los casos, lo convierten en una «excelente materia de enseñanza». Y los principales responsables de este “error de mística” no son los incrédulos o los indiferentes, sino las dos «bandas de clérigos» que condicionan el camino de la Iglesia en la modernidad: los «curas laicos», que niegan «lo eterno de lo temporal», y los «curas clérigos», que niegan «lo temporal de lo eterno».
Para salvar a la Iglesia y al pueblo de Dios incluso de los “errores de mística” de las élites clericales – sugería Péguy -, no sirve organizar estrategias de contraofensiva cultural, sino sólo la confianza en la recurrencia de la gracia, que siempre se puede implorar en la oración. Dejando que el Señor sane los corazones y guarde a los suyos.
«Tenía que realizar sus tres años», escribe Péguy sobre la vida pública de Jesús, «y realizó sus tres años. Pero no desperdició sus tres años, no los utilizó para quejarse e invocar los males de la época. Y sin embargo, había males de la época, de su época. . No incriminó, no acusó a nadie. Salvó. No acusó al mundo. Salvó el mundo. Estos otros vituperan, argumentan, incriminan. Médicos insultantes que arremeten contra los enfermos. Culpan a las arenas del siglo, pero ya en tiempos de Jesús existían el siglo y las arenas del siglo. Pero sobre las arenas áridas, sobre las arenas del siglo fluía un manantial, un manantial inagotable de gracia».

Oraciones de reserva
Péguy, que procedía de una tierra descristiana, también percibió en su experiencia personal que la correcta reafirmación de las verdades cristianas no basta por sí sola para hacer brotar un poco de esperanza real, «carnal». Como su Juana de Arco, se da cuenta de que veinte siglos de cristianismo florecido en la historia en obras de caridad y santidad no bastan por sí solos para hacer felices los corazones de los hombres aquí y ahora, en el tiempo presente, a menos que suceda algo nuevo, el encuentro con un signo vivo, carnal y visible de la misma Presencia. Y este nuevo comienzo de la gracia por su propia naturaleza no se puede exigir, sólo se puede esperar y suplicar. Mucho menos se puede imponer a los demás, a la esposa atea, a los amigos y a los lectores no cristianos de los Cahiers. Tal exigencia no haría más que aumentar la sospecha de que el cristianismo es un «yugo intelectual» fastidioso al que hay que someterse por orden impuesta por la ley o la hegemonía cultural.
En la condición siempre agitada en la que se encuentra, marcada también por el dolor de no poder acercarse a los sacramentos, Péguy no busca discursos, estrategias o métodos persuasivos para “realinear” a sus familiares y compañeros de destino a su camino interior. En lugar de inquietarse, pide y espera que la acción de la gracia resplandezca a través de las circunstancias cotidianas alegres y tristes -las dificultades del trabajo, las controversias, las enfermedades de los hijos- dando consuelo y humildad. Y confía esta petición cotidiana a los gestos más habituales que la Iglesia ha enseñado siempre a sus hijos: pide ayuda a los santos, peregrina a Chartres, repite sus oraciones a María como pecador: «Pertenezco a esos católicos que entregarían todo Santo Tomás a cambio del Stabat, el Magnificat, el Ave María y la Salve Regina». Las llamaba «oraciones de reserva. No hay una sola en toda la liturgia que el desdichado pecador no pueda decir de verdad. En el mecanismo de la salvación, el Ave María es el último recurso. Con esto uno no puede perderse».
Péguy se abstiene de presionar a los demás. Espera y pide pacientemente que la gracia de Cristo toque sus corazones, como lo hizo con él. Se queda en el umbral y espera a que el Señor actúe, llevando a otros al mismo umbral, al mismo nuevo comienzo. Algunos intelectuales católicos reprochan sus opciones, confundiéndolas con laxismo, con una espera inerte. «La propiedad de estas intervenciones» escribió Péguy en la obra Veronique, publicada después de su muerte «es obstaculizar siempre la acción de la gracia: tomarla siempre a contracorriente, con una especie de paciencia formidable. Pisotean los jardines de la gracia con una brutalidad espantosa. Parece que sólo pretenden sabotear los jardines eternos. Así, los curas trabajan en la demolición de lo poco que queda. Y especialmente cuando Dios, por el ministerio de la gracia, trabaja en las almas, estos buenos curas nunca dejan de creer que Dios sólo piensa en ellos, sólo trabaja para ellos».
La víspera de su muerte como soldado, el 5 de septiembre de 1914, el primer día de la batalla del Marne, Péguy pasó toda la noche depositando flores a los pies de una estatua de Nuestra Señora que había escapado a la destrucción jacobina y que desde entonces permanecía en un granero convertido en capilla, cerca de Vermans. Aquella debió de ser su última ocasión de encomendar sus seres queridos a la Madre de Dios. Las súplicas expresadas en doloroso silencio durante años serían atendidas. Entre 1925 y 1926, su esposa y sus cuatro hijos recibirían el bautismo.

«Péguy» escribió el gran teólogo Hans Urs Von Balthasar «es indivisible, y por tanto está dentro y fuera de la Iglesia, es la Iglesia “in partibus infidelium”, es decir allí donde debe estar. Lo es gracias a su arraigo en lo profundo, allí donde el mundo y la Iglesia, el mundo y la gracia se encuentran y se penetran mutuamente hasta hacerse indistinguibles». El «punto de partida donde el pagano se hace cristiano».

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