MARÍA CALLAS, A 100 AÑOS DE SU NACIMIENTO

Cultura y Sociedad

MARÍA CALLAS, A 100 AÑOS DE SU NACIMIENTO

LA “GRIEGA” QUE SIGUE HECHIZANDO AL MUNDO DE LA ÓPERA

Por Nicolás Kipreos Almallotis

bajo el pseudónimo “Atanasios”

“La carrera de Callas fue revolucionaria. Dotó a la ópera de un

grado de unidad dramática y musical de una credibilidad sin

precedentes.”

James Levine

Director Musical

Al escuchar a Callas nos invade una suerte de “páthos” mágico, sentimiento que nace de los seres tocados por Dios, de espíritu libre, despojados de toda atadura, dotados de cualidades distintivas y diferenciadoras que, en su multiplicidad de talentos, embriagan con su actuar para ser grandes, únicos e inmortales. Sin duda que su origen helénico la ayudó a abrevar a su público dándole la “estatura artística” que alcanzó y que le ha permitido seguir hechizando al mundo de la ópera hasta hoy.

Admiramos su talento y su trayectoria artística, que hacen eco en nuestra alma, retumbando en todo nuestro ser, imitando ese sentimiento que impulsó a los antiguos helenos a consolidar en su cultura la creencia que sustentaba su existencia. Así como los mitos estaban adheridos al corazón de la vida cotidiana de Grecia, que se encontraban en la paideia, en el teatro, en los tribunales y asambleas, así también María Callas se convirtió en uno que se adhirió al corazón del mundo de la ópera, dándole sentido y proyección en una voz divina y sinigual.

Seguirá siendo la preferida, la legendaria soprano griega, cuyo recuerdo no desaparecerá jamás, porque es simplemente una leyenda inmortal que sigue incentivando el maravilloso mundo de la ópera a generaciones que se enamoran de su inigualable voz y de su increíble carisma, que contagió a sopranos como Joan Sutherland, Montserrat Caballé, Leyla Gencer, Renata Scotto, Beverly Sills, Mirella Freni y las mezzosopranos Marilyn Horne y Teresa Berganza, y que han permitido un florecimiento del género lírico desde un enfoque históricamente veraz y palpable.

100 AÑOS NO SON NADA

Hay algo casi misterioso que una mujer de raíces griegas le inyectara unidad dramática a ese sublime arte inventado en el siglo XVI en Italia por la Camerata Fiorentina, entre cuyos miembros había compositores, poetas y eruditos de la aristocracia interesados en las raíces de la música griega antigua. No dieron con ellas, pero mientras las buscaban, e inspirándose en los escritos de Aristóteles, alcanzaron otras soluciones, inventando el melodrama, palabra griega que significa drama y música, y que pasaría a ser el nombre oficial de la ópera.

Ir a ver y escuchar a Callas, era una experiencia inolvidable para cualquier espectador, sea éste un “operático”, o un iniciado bisoño que recién se asomaba a las lides de la lírica. Lejos de subvalorar el inmenso talento y trayectoria de muchos artistas, debemos considerar, que la influencia de la Divina María Callas, fijan hasta hoy un estilo y una expectativa, en cualquier teatro alrededor del mundo. Puede que su carrera fuese relativamente corta, pero sigue siendo un faro que ilumina e inspira a las nuevas generaciones.

Con la marca de Luchino Visconti, y de Franco Zeffirelli, entrar a ese túnel del tiempo, donde María Callas fue una reina indiscutida, reconforta y recuerda la coherencia en la ópera en su actuación superlativa, en consonancia con sus elementos y factores musicales, vocales, interpretativos que, sumado a la riqueza de sus decorados, diseño de vestuario cronológicamente acertado, dan cuenta de un período extraordinario de este fascinante género musical.

María Callas nos diría hoy: “No hay proeza, meta o destino que no puedas alcanzar, a pesar de las adversidades, a pesar de las circunstancias, siempre dependerá en última instancia de ti”. Su vida profesional, artística, fue sacrificio, compromiso y perseverancia. No había más. Los hombres y mujeres más destacados de la historia de la humanidad comparten dos elementos centrales: empuje y determinación. Personas que hacen la diferencia donde les toque actuar. Son los que se enfrentan a su propia encrucijada hercúlea, no con menor esfuerzo, a veces a contrapelo, pero que salen airosos. De esta “raza” fue y sigue siendo María Callas. Tuvo que bregar con una dura infancia y una madre poco cariñosa y extremadamente exigente. Necesitó coraje para salir de su atolladero. ¿Cometió errores? ¿Tuvo momentos de debilidad y excesos? Sin duda, pero regocijémonos de lo que nos dejó. En la vida de todos hay luces y sombras. La vida está escrita con sangre, sudor y lágrimas.

La Callas es, sin lugar a dudas, la mayor cantante lírica de la historia, cambió para siempre la manera de entender el bel canto. Fue la prima donna de la Scala de Milán durante casi una década y la cantante más ovacionada jamás en la Ópera de París. No solo nació en una familia griega emigrante en Nueva York, sino que hizo su debut profesional en la Ópera Nacional de Grecia. En 1960, cantó Norma y Medea en el Teatro Antiguo de Epidauro (Grecia), sede del festival de teatro clásico por excelencia.

UNA ARTISTA PARA LA ETERNIDAD

Sus comienzos fueron de todo menos glamurosos. “Ridículo que una chica así quiera cantar” dijo su primera profesora, la soprano María Trivella, sin embargo, se quedó muda cuando oyó cantar a su nueva alumna, tanto que llegó a afirmar sin tapujos: “El sonido de su voz es cálido, lírico, intenso” Si bien se inició en la tradición operística, con el tiempo la revolucionó, transformándola para darle una visión de lo que podría ser un nuevo tipo de espectáculo teatral total, entendido como el auténtico drama musical que culminaría con la admiración del público y la buena crítica de los entendidos. La unidad del drama, formada por la fusión indisoluble de la música, el texto, el gesto y la escenografía teatral, sólo podía alcanzar su perfección en ella. Gesticulaba, compenetrándose de ese amor por lo que hacía que, comenzado mágicamente, sólo podía terminar en locura, muerte y desgracia, secuencias insuperables, y de una sensación de realidad que avanzaba junto a la música contenida y fascinante. Por eso fue un fenómeno que no dejó indiferente a nadie que se interesase por el destino y función de la ópera en lugares y contextos muy diversos, de ahí que se le recuerda por su exquisita técnica y su maestría, jamás percibida hasta entonces en un escenario, al fundir en una excelencia, canto e interpretación.

Son contadas las cantantes de ópera cuyo legado trasciende el paso del tiempo. Un siglo después de su nacimiento, el de Maria Callas ya ha hecho historia. Sus discos se venden más que los de otras divas –del pasado y del presente– y parece haber hechizado a toda una nueva generación de amantes de la ópera como lo hiciera con el público de su tiempo, un fenómeno único en la historia de la ópera. Por eso todo lo que se escriba de ella será un justo reconocimiento al arte de la Divina, que el 2 de Agosto de 1947 debutaba en la Arena de Verona con “La Gioconda” de Amilcare Ponchielli, una actuación que le daría otro rumbo a su vida, porque a partir de ahí, su carrera registró una serie infinita de triunfos, llegando a ser el ídolo de todos los teatros, donde su voz precisa, potente, dramática, única e irrepetible la transformaron en la reina de la ópera.

¿Qué es lo que pese al tiempo transcurrido impresiona, sorprende y nos conmueve de Callas? Diría que su singularidad, esa mezcla de sensualidad, atrevimiento, prestancia y voz, que son indivisibles en ella, pero también es el asombro por la calidad de la materia prima vital sobre la cual se edificaron sus atributos. Y es que ninguna diva se improvisa, cada interpretación, cada pose, cada suspiro, cada gesto en ella, distó mucho de ser un impulso irracional. La artista de su estirpe, de su calado, actuó siempre en una circunstancia límite, pero sin dejar de ser lo que era, la más admirada. María Callas, una mujer de una sola pieza, forjada inicialmente en el rigor y la carencia; logró cimentar un carácter determinante, sazonado con algo de frivolidad e ingenuidad.

Para los que observan la naturaleza humana, parece muy difícil comulgar con tanta cualidad concentrada en una sola persona. Irremediablemente surge la duda de si se está frente a un mito construido o a una realidad de una vida atractiva. A estas alturas, todo indica que es lo segundo. Maria Callas ha logrado pasar la prueba de la historia siendo una de las artistas más investigadas y —por eso también— más admiradas y queridas. En este contexto, es difícil decir algo nuevo de su vida de la cual fue muy protagonista. Cabe recordar que su protagonismo e historia se fueron tejiendo arriba y fuera de los escenarios, para que sus propios contemporáneos fueran convirtiendo su persona en un personaje inigualable.

Tan singular es su historia, que para dar en una narración a nuestros hijos de la mística dimensión que Maria Callas —Ana Maria Cecilia Sofia Kalogeropoulos—, no necesitamos compararla con personaje alguno, es que ella fue sencillamente ella. Alcanzó el mayor respeto de los cantantes de su época, de hecho, incluso de los nuevos que ni la conocieron. La artista nacida en Nueva York, en una familia de emigrantes griegos, fue una pionera cuya carrera marcó un punto de inflexión en la historia de la ópera.

Más allá de la magia y de la intensidad de sus actuaciones personales, transformó a juicio de grandes directores totalmente la interpretación operística. El director Nicola Rescigno que la conocía tan bien decía: “Es un profundo misterio que una chica del Bronx, educada en un ambiente sin inclinación a la ópera, se haya visto dotada de la capacidad de cantar el recitativo a la perfección. Tenía un sentido arquitectónico que le indicaba, con toda precisión, qué palabras debía acentuar en una frase musical y cuál era la sílaba exacta que había que subrayar en esta palabra”.

Colocaba mente, cuerpo y alma en cada actuación y eso marcaba definitivamente la diferencia. Tan es así que transformó la ópera en un teatro al alcance de todos y creíble, en una forma artística capaz de sobrevivir a una época como la actual, en la que los criterios de credibilidad dramática han sido permeados por la influencia del cine, la televisión y los medios digitales. Es por ello que está plenamente justificado hablar de una ópera antes y después de María Callas.

Siempre se preocupó, como exigente que era, de entregar una versión delicada, sin alterarla en su esencia, de los dispositivos estéticos y simbólicos que representaban la obra, con la mirada de fuego, apasionada, propios de María Callas; así, hasta las irrupciones del coro, aumentaban la emoción de estar disfrutando de un espectáculo teatralmente inolvidable. Era para soñar con ella.

SU IMPRONTA Y LEGADO

Cuatro grandes óperas asientan la fama de María Callas: Norma, Tosca, Traviata y Lucia. Sin duda alguna cuatro pilares que permitieron una fama legendaria y perenne. Cualquier amante de la ópera que se precie como tal, debiese tener estos cuatro títulos interpretados por ella en sus registros. En sus roles no tuvo rivales.

“Romantic Callas: sus mejores arias y dúos” de EMI Classics, el CD doble que recoge un amplio espectro de su repertorio, procedente de grabaciones y recitales, es una muy buena tarjeta de presentación para quienes quieran conocer la magia e impronta de Maria Callas: Tosca, con su increíble “Vissi d’arte” en la legendaria grabación con Victor de Sabata; Traviata, con el “Libiamo” y el bello dúo “Parigi o cara” junto a un jovencísimo Alfredo Kraus; y Lucia, representada en dos conocidos momentos del final del 1º Acto en la versión de 1953 con Tullio Serafín. Faltó en el solo Norma de Bellini con su “Casta Diva” que nadie que la haya escuchado podrá olvidarla.

El trabajo incansable de Callas, iniciado en el Conservatorio de Atenas con apenas trece años, en las manos de la aragonesa Elvira de Hidalgo, una de las “prima donne” más famosas en los inicios del siglo XX, se trasladó posteriormente a los teatros de ópera de todo el mundo, en un proceso largo y exigente. La maestra le inculcó el afán por la excelencia vocal y artística, que no descuidaba el aspecto escénico y actoral. Le transmitía que en la ópera todo ha de tener una lógica, que no se podía convencer al público con algo antinatural, que toda acción debía parece real ante el público, con máxima credibilidad, para así cautivarlo. Fruto de estas premisas su éxito, en los escenarios de todo el mundo, se fundamentó para luego consolidarse en el tiempo. María Callas se erigió en la prima donna absoluta, quizás la última representante de una especie operística en extinción.

En cualquier arte, la técnica es sin duda fundamental, la condición sine qua non para que todo el resto acontezca. En Callas, la adquisición de la técnica, significaba de manera más evidente un proceso de transmutación corporal que abarcaba grandes extensiones de su cuerpo y espíritu. Al final de todo ella lograba emitir el sonido, sustentarlo, desarrollar su extensión, su potencia, flexibilidad tanto para los ornamentos —esenciales en el bel canto— cuanto para su modulación expresiva. De cualquier forma, la función básica de la técnica es abrir el camino para la interpretación, donde Callas se destacó.

Lo que diferencia a Callas de otras artistas es su capacidad de usar el propio cuerpo para interpretar una obra magistralmente. Lo que define a Callas como un genio de la ópera es su capacidad de transmutarse en cada obra que interpretaba, componiéndola con su sangre, su carne, su corazón, sus vísceras. Por esa razón, y por ninguna otra, ella fue llamada “La Divina”.

LA MUJER

La artista y la mujer no pueden separarse por más que María Callas lo afirmara continuamente, y es que los acontecimientos y vivencias que marcaron su vida privada tuvieron gran impacto en su vida profesional. Conformó una historia de triunfos, excesos, tragedias y entrega al arte, donde su vida terrenal deambuló entre su lucha contra el sobrepeso y sus aventuras amorosas.

Nació un 2 de diciembre de 1923 en Nueva York y durante toda su vida anheló el amor y una familia propia que no llegó a tener. Murió muy joven, con tan sólo 54 años de edad. Poseía una voz con una amplitud de registros excepcional, pero era una joven extremadamente insegura, en parte por su aspecto físico —llegó a pesar cien kilos— y, sobre todo, por la dura disciplina a la que la sometía su ambiciosa madre. Debido a la separación de sus padres, se radicó en Grecia acompañada de su madre, con quien tuvo una mala relación, particularmente en su infancia, porque continuamente le recordaba sus complejos físicos, al ser una niña poco femenina y gorda. Su atractivo con los años se concentró en un rostro particularmente expresivo, de prominente nariz griega, ojos grandes y la mirada entre soñadora y ardiente.

Gracias a la soprano española Elvira de Hidalgo, que vio en ella un gran potencial, pudo entrar en el Conservatorio de Atenas, debutando en una Grecia desgarrada por la ocupación alemana y no fueron pocas sus actuaciones para los soldados, cuestión que le valió la acusación de colaboracionista.

Así nació la mujer artista, demostrando su talento desde muy pequeña, pero soportando a una madre que le impuso una infancia sacrificada —sacándole provecho a la niña prodigio— que la llevó a no disfrutar su niñez ni juventud. Fue presa fácil de su deseo, por fin realizado, de locura, de diversión sin límites con Onassis, que le transmitió emociones que no había sentido anteriormente. Sin embargo, su “estrella” empezó a precipitarse por su relación con el armador griego, tan así que las vicisitudes personales se entrelazaron a las profesionales, interrumpiendo alguno de sus espectáculos. Terminó mal, sufriendo por las continuas traiciones de Onassis, que en 1968 prefirió a la ex primera dama de los EEUU, escándalo que provocó en Callas algunos períodos de depresión que alternaban con momentos de sublime excelencia artística. Esta era la mujer de carne y hueso.

Su última tournée mundial se remonta a 1974. Después se retiró en París donde dejó de existir el 16 de septiembre de 1977 por un paro cardíaco.

MARÍA CALLAS PARA SIEMPRE

Este año se cumplen cien años del nacimiento de María Callas, que será recordada por los siglos de los siglos. No fue la mejor cantante de ópera del siglo XX, pero sí la que más aplausos cosechó. La aclamaron por su carisma. Fue mucho más que una cantante. Su misterio y su humanidad abruman en la parcialidad de su figura. Es que fue extraordinariamente versátil, magnética en escena, una gran soprano con dotes vocales inusuales y una gran actriz que supo encarnar sus personajes de un modo único y atractivo. Demostró la vigencia de la ópera con interpretaciones casi cinematográficas.

Su repertorio se integró con la ópera seria clásica, con las óperas de Giuseppe Verdi o Giacomo Puccini, e incluso con las de Richard Wagner y las óperas del verismo. El mayor don de Callas se hallaba en su innata musicalidad que le permitía internarse instintivamente en el universo personal de cada compositor. Su enorme magnetismo en escena marcaba asimismo la diferencia. No era solo una soprano con dotes vocales inusuales, sino también una gran actriz que supo encarnar sus personajes de un modo único.

En lo humano y en lo mundano muchas cosas se podrán decir de ella, pero quien esté libre de errores que “tire la primera piedra”. A María Callas debemos interpretarla en la magnanimidad, la misma que ella nos regaló, esa que embellece todo, dándole importancia solo a lo que lo merece, a lo verdaderamente grande, desechando lo insignificante, las miserias de la vida que tanto tiempo nos ocupan y que tantas ansias nos generan.

Callas, con su voz sin par y con un talento dramático nunca igualado en el universo del teatro lírico, no solo revolucionó la ópera en sí, sino que también el arte de asistir a la ella. Es que fue simplemente una revolucionaria, una transformadora de la ópera. Su impacto fue enorme en la década gloriosa de los 50 y gracias a sus grabaciones sigue siendo la más formidable influencia espiritual y artística en el campo del arte lírico.

En realidad, Callas sigue viva, y hoy podemos apreciar plenamente la magia de su voz y de su magnética personalidad a través de las múltiples grabaciones comercialmente disponibles y de las numerosas biografías en varios idiomas. Sus discos y los libros sobre su vida y su arte se venden más que los de los artistas contemporáneos. María Callas es inmortal.

Sacrificándose por su público en los escenarios con todo el corazón y todas sus fuerzas, sin pactar jamás con la mediocridad, dejó un legado pleno de entrega y belleza. María Callas es y será poesía viva:

La magia tuya lo fue todo,

cualidad de pocos artistas.

Todo en ti fue música y podio,

milagro de pocas aristas.

No hay duda que tu voz cambió la ópera,

con papeles que nadie se atrevía a interpretar.

Entre luces y sombras, tu vida hecha ópera,

será imposible olvidar.

Tu magia residía en una cualidad especial

que tú mantenías,

era un sexto sentido proverbial,

que tú tenías.

Te ganaste la admiración de tu público,

que te supo amar y honrar,

la crítica no ha dudado de tu increíble trabajo,

y que ha sabido hasta hoy respetar.

Una voz del Olimpo,

que Dios nos regaló.

Un halo de misterio cuasi divino,

cantando icónicas óperas que a todos encandiló.

Del suelo arranca con presteza

el suave influjo de tu dulce presencia.

De tu agraciada rústica belleza,

presta está tu esencia.

Los ánimos tan altos levantaban

en tu fiera grandeza confiando,

los gigantes de la ópera que esperaban,

de ti vencer a los dioses cantando.

Las majestuosas voces alzaban,

contra el alto cielo, no dudando,

a comenzar contigo ya se estaban

con superbo furor aparejando.

Jamás pudo la gracia y la fortaleza,

reunir tanta maravilla junta,

ni jamás prodigó la naturaleza,

tanto tesoro en ti que encanta.

¡Oh Grecia!, que sin duda te ha gozado,

del gusto que le brinda tu grandeza,

tu vida superior no la ha enfadado,

pues nunca le faltó destreza.

En los anales de la Historia, a través del tiempo,

siempre habrá tu voz que nos hechizará,

deleitándonos en un inigualable pasatiempo,

que para siempre nos flechará.

Profunda huella tu vida nos dejó,

por tu voz y pasión,

si bien esa misma vida nos la arrebató,

tu trayectoria no necesitará jamás confesión.

Henchida el alma de mortal tristeza,

penetro en ti, Necrópolis gigante.

Inclino silencioso la cabeza.

por tu vasta inmensidad delante.

¡Cuántas óperas levantaste!

que ni el viento derribó,

con tu voz aplastante,

de oro y cristal, que a todos impresionó.

Alzando los ojos al cielo,

adornado de cada estrella refulgente,

contigo María en vuelo,

para seguir presente.

Lloro tu vida breve,

Más no tu voz cautivadora,

que remueve,

en el corazón de todos salvadora.

A ti elevamos nuestra alma,

con fe purificadora,

María eterna y calma,

eres parte de una ópera esperanzadora.

De tu canto han hecho tantas plumas,

que eternamente te recordarán,

de tu suma resultan innumerables sumas,

que eternamente te ofrendarán.

Fuiste superlativa en una voz, como en belleza,

por honrar tu proverbial destino,

el mundo escuchó tanta riqueza,

que honrar pudiera con tanto tino.

¡Oh, bien hallan las lágrimas lloradas,

por culpas en tus ojos cometidas,

aquellas de tu amor agradecidas,

y estas de tu grandeza perdonadas!

Si lágrimas con tu voz pueden tanto,

¿quién llora por tus desatinos?,

María solo da al cielo gloria y al infierno espanto,

porque nadie conoce tus caminos.

Hoy que una nueva era para ti empieza,

que ves el dosel hecho girones,

no pongas dique al bien con tu destreza

ni al mal presten ayuda tus pasiones.

Destellos de María,

de pura expresa porfía.

Destellos de María,

para siempre germinará en nosotros tu biografía.

La Divina, la gran María Callas,

la dama griega de la voz estoica,

que cruzó el firmamento operístico,

para iluminarlo para siempre en forma heroica

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