Los dones de Joseph Ratzinger a los católicos chinos

Catolicismo Innovación y Emprendimiento

Por Gianni Valente
Roma – Una vez al año, desde hace 15 años, se invita a los católicos de todo el mundo a rezar por los hermanos y hermanas de la Iglesia en China. Esto ourre el 24 de mayo, día de la memoria litúrgica de la Santísima Virgen María “Auxilio de los Cristianos”, venerada bajo ese título en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de Sheshan, cerca de Shanghai.
La jornada de oración por la Iglesia en China fue instituida por el Papa Benedicto XVI en su carta a los católicos chinos en 2007.
Joseph Ratzinger siempre ha percibido que la aventura vivida por los católicos en China tiene que ver de manera especial con el corazón latente del misterio de la Iglesia. E incluso antes de convertirse en Obispo de Roma, también contribuyó decisivamente a orientar las opciones de la Santa Sede en los asuntos, a menudo tribulados, del catolicismo en la República Popular China.
A principios de los años ochenta, al comienzo del largo período que pasó al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el entonces cardenal bávaro había dirigido el trabajo de discernimiento más relevante llevado a cabo por la Santa Sede sobre la condición de la Iglesia católica en la China contemporánea.
En aquellos años, mientras se superaban poco a poco los traumas de la Revolución Cultural y Deng Xiaoping proseguía con su política de “reapertura” económica al mundo, los palacios vaticanos carecían a menudo de información y coordenadas para saber discernir lo que estaba ocurriendo realmente a los católicos chinos. En aquella coyuntura histórica, el Dicasterio Doctrinal de la Santa Sede dirigido por el cardenal Ratzinger llevó a cabo un estudio en profundidad de dos años de duración, que concluyó en 1985 y afirmó que las ordenaciones episcopales que habían tenido lugar en China desde 1958 sin el consentimiento del Papa, aunque ilegítimas desde el punto de vista canónico, debían sin embargo considerarse válidas. El estudio señalaba que los ritos de consagración habían sido manipulados, pero que, no obstante, se habían respetado las condiciones formales y materiales mínimas, es decir, los gestos y fórmulas necesarios para garantizar la validez sacramental de una ordenación episcopal.
Fue precisamente el profundo estudio doctrinal realizado bajo la supervisión de Joseph Ratzinger lo que favoreció la amplia disposición de la Santa Sede a aceptar la mayoría de las peticiones de obispos ordenados sin mandato pontificio que en aquellos años solicitaron al Papa que su ordenación episcopal fuera legitimada por la Santa Sede.
El estudio firmado por Ratzinger como Prefecto del antiguo Santo Oficio sobre la validez de las ordenaciones episcopales chinas es, a nivel dogmático, doctrinal, teológico y pastoral, el acto eclesial más vinculante expresado por la Santa Sede sobre la condición de la Iglesia en China en las últimas décadas.
Esa investigación reconocía y atestiguaba que las connotaciones católicas de la experiencia eclesial china no habían sido distorsionadas ni desvirtuadas por los condicionamientos sufridos a causa de las contingencias históricas. Y este reconocimiento sería capaz de guiar las opciones que se hicieran a partir de entonces también en las relaciones con las autoridades políticas y el contexto chino, teniendo siempre como objetivo supremo la salvación de las almas.
El estudio doctrinal realizado en la década de 1980 se convirtió en el criterio inspirador a partir del cual, a pesar de los muchos contratiempos que se produjeron en el camino, se desbrozó la senda que condujo hasta el Acuerdo Provisional alcanzado en 2018 entre la Santa Sede y el Gobierno de Pekín sobre los mecanismos de selección y nombramiento de los nuevos obispos católicos chinos.
Como Papa, Benedicto XVI publicó en 2007 la mencionada Carta a los católicos chinos. Ese documento representa una de las cumbres de su magisterio pontificio, y es el pronunciamiento magisterial más relevante reservado por la Sede Apostólica a la Iglesia en China en las últimas décadas.
En su Carta a los católicos chinos, entre otras cosas, Benedicto XVI reafirmó que «no obstante las muchas y graves dificultades, la Iglesia católica en China, por una particular gracia del Espíritu Santo, nunca ha estado privada del ministerio de legítimos Pastores que han conservado intacta la sucesión apostólica». Así, se reconoció que los turbulentos acontecimientos históricos de China no habían provocado fracturas irremediables en la estructura eclesial respecto a la sacramentalidad y apostolicidad de la Iglesia. Más bien, lo que había sucedido era que algunos de los obispos, «no queriendo someterse a un control indebido ejercido sobre la vida de la Iglesia, y deseosos de mantener su plena fidelidad al Sucesor de Pedro y a la doctrina católica, se han visto obligados a recibir la consagración clandestinamente […]. Otros Pastores, en cambio, impulsados por circunstancias particulares han consentido en recibir la ordenación episcopal sin el mandato pontificio, pero después han solicitado que se les acoja en la comunión con el Sucesor de Pedro y con los otros Hermanos en el episcopado». En esa Carta, Benedicto XVI recordaba también que «la clandestinidad no está contemplada en la normalidad de la vida de la Iglesia», y deseaba que también los obispos llamados “clandestinos”, a los que los aparatos políticos impiden o dificultan el ejercicio de su ministerio episcopal, puedan ser reconocidos como pastores legítimos «por las Autoridades gubernativas, incluso para los efectos civiles – en la medida en que sean necesarios – y que todos los fieles puedan expresar libremente la propia fe en el contexto social en el que viven». La misma Carta esperaba también «un acuerdo con el Gobierno para solucionar algunas cuestiones referentes tanto a la selección de los candidatos al episcopado» y encontrar una armonización entre las circunscripciones y provincias eclesiásticas y las nuevas subdivisiones de la administración civil.
Se repetía, siguiendo las huellas de Mateo Ricci, que «tampoco la Iglesia católica de hoy pide a China y a sus Autoridades políticas ningún privilegio», y que «la misión de la Iglesia católica en China no es la de cambiar la estructura o la administración del Estado, sino la de anunciar a Cristo, Salvador del mundo, a los hombres », el cual «reconoció los derechos del poder civil al ordenar dar el tributo al César; pero advirtió con claridad que deben respetarse los derechos superiores de Dios».
En 2010, en el libro-entrevista ‘Luce del mondo’ , escrito con Peter Seewald y publicado por la Libreria Editrice Vaticana, Benedicto XVI, hablando de los acontecimientos de la Iglesia en China, subrayó que precisamente «el vivo deseo de estar en unión con el Papa ha estado siempre presente en los obispos ordenados de manera ilegítima. Esto ha permitido a todos ellos recorrer el camino de la comunión, a lo largo del cual han sido acompañados por el paciente trabajo realizado con cada uno de ellos individualmente».
Como Papa, el 7 de mayo de 2008, Joseph Ratzinger asistió en el Aula Pablo VI del Vaticano al concierto de la Orquesta Filarmónica China de Pekín y el Coro de la Ópera de Shanghai, que interpretaron el Réquiem de Mozart y canciones populares chinas para Benedicto XVI. En esa ocasión, el Papa saludó a Deng Rong, fundadora de la Orquesta e hija de Deng Xiaoping, y al embajador de la República Popular China en Italia. A día de hoy, ese sigue siendo el único encuentro público entre un Papa y un representante oficial del gobierno de la República Popular China.
Como Papa, Joseph Ratzinger autorizó la reanudación del diálogo directo con las autoridades de Pekín sobre la cuestión de las ordenaciones episcopales chinas. El 26 de febrero de 2020, el cardenal Giovanni Battista Re, decano del Colegio Cardenalicio, envió una carta a todos los cardenales del mundo, refiriéndose a documentos consultados personalmente en el Archivo Actual de la Secretaría de Estado, que atestiguan que «el Papa Benedicto XVI había aprobado el proyecto de Acuerdo sobre el nombramiento de obispos en China, que sólo pudo ser firmado en 2018».

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