La bienaventuranza de los mártires, amigos en el Paraíso

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«Venció en ellos quien moró en ellos, de forma que quienes no vivieron para sí, sino para él, ni siquiera, una vez muertos, morirán»

Por Gianni Valente

Roma – Hoy, 24 de marzo de 2023, se celebra la trigésimo primera Jornada de los Misioneros Mártires.
En 1992, el entonces Movimiento Juvenil de las Obras Misionales Pontificias italianas propuso por primera vez a la Iglesia italiana la celebración de una Jornada para recordar a quienes pierden la vida cada año durante su servicio pastoral. Los jóvenes eligieron como fecha el 24 de marzo, para que quedara claro que las hermanas y hermanos asesinados eran fieles al Evangelio. La celebración se fijó desde entonces en el día del asesinato de Óscar Romero, el arzobispo salvadoreño asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba misa en la capilla del Hospedalito de San Salvador. El 8 de enero de 2015, el Congreso de Teólogos de la Congregación para las Causas de los Santos reconoció por unanimidad que Monseñor Romero fue un mártir, asesinado “in odium fidei”. No fue el deseo de eliminar a un enemigo político lo que impulsó a sus verdugos a eliminarlo, sino el odio desatado por su preferencia por los pobres, reflejo directo de su fe en Cristo y de su fidelidad al Magisterio de la Iglesia. La fe – reconocieron entonces los teólogos del dicasterio vaticano -, fue el manantial de sus acciones, de las palabras que pronunció y de los gestos que realizó en el contexto en el que estaba llamado a trabajar y a vivir como arzobispo. En El Salvador de los escuadrones de la muerte y la guerra civil, la Iglesia sufrió una feroz persecución por parte de personas que, al menos sociológicamente, eran cristianas. Fue precisamente la labor del proceso de beatificación la que confirmó que Romero – como escribió el profesor Roberto Morozzo della Rocca – era «un sacerdote y obispo romano, obediente a la Iglesia y al Evangelio por la Tradición», llamado a desempeñar su ministerio de pastor «en ese Occidente extremo y distorsionado que era América Latina en aquellos años». Donde sacerdotes y catequistas eran asesinados y en el campo se hacía peligroso poseer un Evangelio. Donde bastaba pedir justicia para ser tachado de comunista subversivo.
El reconocimiento del martirio de Monseñor Romero fue un momento decisivo en el proceso de su canonización. El Arzobispo mártir fue elevado a la gloria de los altares como Beato el 23 de mayo de 2015, y proclamado Santo junto al Papa Pablo VI y otros cinco Beatos por el Papa Francisco, en la solemne liturgia eucarística que presidió en la Plaza de San Pedro el 14 de octubre de 2018.
En los últimos días, la Agencia Fides ha vuelto a proponer las historias de 5 misioneros mártires, cuyo proceso de beatificación está en curso o ha concluido recientemente. En la serie de artículos redactados por Stefano Lodigiani, se recogen las historias martiriales de Sor María Agustina Rivas, asesinada el 27 de septiembre de 1990 en Perú por la guerrilla de Sendero Luminoso; de la médico italiana Luisa Guidotti, misionera laica asesinada en Zimbabue el 6 de julio de 1979; del joven pakistaní Akash Bashir, asesinado el 15 de marzo de 2015 en Lahore por un terrorista suicida; y de João de Deus Kamtedza y Sílvio Alves Moreira, padres jesuitas secuestrados y asesinados en Mozambique el 30 de octubre de 1985.
La historia de san Romero, y también las de los nuevos mártires recorridos por la Agencia Fides ayudan a percibir la trama luminosa que a lo largo de la historia de la salvación entreteje martirio, misión apostólica y santidad. La Iglesia nunca se ha quejado de sus mártires. Nunca ha sido reticente en proclamar que son precisamente ellos, con sus vidas arrebatadas forzosa y dolorosamente por sanguinarios verdugos, quienes anticipan la gloria del Paraíso. Dan fe y testimonio de una predilección que hace que esas mismas vidas sean abrazadas y revestidas de una dicha sin igual. En el incomparable dinamismo de la gracia, escándalo e insensatez para el mundo, martirio y bienaventuranza se convierten en sinónimos.
Al principio de la historia cristiana en el mundo, el apelativo de “mártir”, es decir, “testigo”, estaba reservado a los Apóstoles y discípulos de Jesús. A los que habían sido «testigos oculares» de la vida de Cristo, de su Pasión y muerte, y se habían encontrado con el Resucitado. Pero ya durante las grandes persecuciones de los primeros siglos del cristianismo, los condenados a muerte ‘in odium fidei’, a causa de su fe, empezaron a ser definidos como “mártires”.
La connotación martirial acompaña y acompañará siempre el camino de la Iglesia a lo largo de la historia. Y la Iglesia reconocerá siempre el íntimo y especial vínculo de comunión que une a los mártires con Cristo mismo y con su Misterio de salvación. Por este motivo, la legislación vigente sobre las Causas de canonización, definida en este punto por la Constitución apostólica Divinus perfectionis Magister, promulgada por Juan Pablo II el 25 de enero de 1983, establece que en los procedimientos de beatificación de un mártir no se requiere la prueba y el reconocimiento de un milagro ocurrido por intercesión del beatificado. El martirio se reconoce como una manifestación tan evidente del amor a Dios y de la conformación con Cristo que no es necesaria la “confirmación” del reconocimiento de un milagro para afirmar que los mártires, todos los mártires, están en el Paraíso. Tal y como escribe san Agustín en el Sermón 280, recordando el “dies natalis” de las mártires romanas Perpetua y Felicidad: «Como Él, siendo único, entregó su vida por nosotros, así le imitaron los mártires y entregaron sus vidas por los hermanos, y con su sangre regaron la tierra para que brotase la abundantísima fertilidad de los pueblos cual si fueran semillas. También nosotros somos, pues, fruto de su trabajo. Nosotros los admiramos, y ellos se compadecen de nosotros. Nos congratulamos con ellos, y ellos ruegan por nosotros”.

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