El Cónclave de 2013 y el “Misterio de la Luna”

Catolicismo Innovación y Emprendimiento

Por Gianni Valente

Roma – La mañana del 9 de marzo de 2013, hace exactamente 10 años, el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio entraba en el Aula Nervi del Vaticano sosteniendo en su cartera ligera un folio con unas cuantas notas escritas a bolígrafo, con la letra cursiva de su diminuta caligrafía. En esas escasas palabras estaba el breve discurso que leería ante los cardenales reunidos en Roma para las Congregaciones Generales que preceden al Cónclave convocado para elegir al nuevo Papa, después de que Benedicto XVI renunciase a su ministerio como obispo de Roma. El futuro Papa las había releído y ajustado en el taxi que excepcionalmente había tomado esa mañana para trasladarse desde su residencia sacerdotal en Via della Scrofa hasta la Plaza de San Pedro, distancia que habitualmente recorría a pie.

Cuando llegó su turno, el cardenal Bergoglio leyó sus notas con voz pausada.
En la reducida página de anotaciones escritas a mano, no había ninguna mención a la Curia Romana, a los abusos sexuales de sacerdotes ni a asuntos financieros. No había ninguna lista de “desafíos” y urgencias que abordar.
En unos pocos puntos, Bergoglio comunicó simplemente su mirada sobre la Iglesia, su naturaleza y su misión. Una mirada que reconocía e indicaba su punto de origen, en palabras sencillas.

Bergoglio afirmó que la evangelización es «la razón de ser de la Iglesia». Citando la exhortación Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, aludió a la «dulce y confortadora alegría de evangelizar». Es Cristo mismo – añadió – «quien, desde dentro, nos empuja». Y la Iglesia «está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no sólo las geográficas, sino también las existenciales, las del misterio del pecado, del dolor, de la injusticia, las de la ignorancia y la ausencia de fe, las del pensamiento, las de todas las formas de miseria».

En el aluvión de análisis y comentarios que conmemoran estos días los diez años de pontificado del Papa reinante, no existe la necesidad ni la tentación de añadir nuevos “balances” a la red ya saturada de lecturas y “claves interpretativas” para todos los gustos. El décimo aniversario es sólo una ocasión propicia para seguir el rastro de algunos “hilos rojos”, de algunas “notas de fondo” que han marcado hasta ahora el tiempo del Papa Francisco, y que a menudo acaban por no ser detectados por el sistema mediático global, y tampoco por la información eclesial-religiosa “especializada”. Y a este respecto, las notas leídas por el arzobispo de Buenos Aires ante los demás cardenales el 9 de marzo de 2013 son un documento precioso. El cardenal argentino quiso decir a sus compañeros cardenales unas cuantas cosas, claras, elementales. Ese “proceso de condensación”, esa aptitud para concentrarse en los puntos y las palabras esenciales que luego caracterizaría tantos discursos del futuro Pontífice, ya parecía estar dándose entonces. El Papa Francisco sigue repitiendo a menudo las mismas cosas, las mismas palabras, sencillas. Siempre las mismas. Por eso tampoco se ha librado de las acusaciones de “ser repetitivo”. En su discurso de hace diez años, el Cardenal argentino aludió a que cuando la Iglesia «sale de sí misma», no lo hace por su propio esfuerzo o proyecto, sino siguiendo a Cristo mismo, que «llama desde dentro para que le dejemos salir». Seguidamente, identificó la raíz de todas las patologías eclesiales en la «autorreferencialidad», la presunción de autosuficiencia alimentada por una «especie de narcisismo teológico», todo ello con la intención de velar o eliminar, el hecho de que la Iglesia depende a cada paso y para siempre de los dones de la gracia operante de Cristo
Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar «se hace autorreferencial – dijo el futuro Papa – y entonces se enferma», «pretende guardar a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir», y al final, «sin darse cuenta, cree que tiene luz propia». Así «deja de ser el ‘mysterium lunae’ y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual». Citando al gran teólogo francés Henry De Lubac, el entonces arzobispo de Buenos Aires definió la «mundanidad espiritual» como «el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia». No lo identificaba con las miserias humanas y la pecaminosidad de los eclesiásticos, sino con «ese vivir para darse gloria los unos a otros».

Citando el “Mysterium Lunae”, el cardenal Bergoglio retomó una antigua fórmula acuñada ya por los Padres griegos y latinos de los primeros siglos cristianos para indicar la naturaleza más íntima y el misterio de la Iglesia. Para los Padres cristianos de los primeros siglos, era evidente que la Iglesia, como la luna, no brilla con luz propia y vive sólo de luz reflejada, cuando su cuerpo opaco es iluminado por la gracia luminosa de Cristo. Lo mismo repitió el Concilio Vaticano II, cuya Constitución dogmática Lumen gentium ya proclama al mundo en sus primeras palabras que «Cristo es la luz de los gentiles», y sólo «su luz brilla sobre la faz de la Iglesia» .

En su breve discurso ante el Precónclave, Bergoglio citó el incipit de otro documento clave del último Concilio. Lo hizo resumiendo lo que denominó como «dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí; la ‘Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans’, , o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí. Esto debe dar luz – añadió – a los posibles cambios y reformas que haya que hacer para la salvación de las almas».

Así, el futuro Papa sugería que contemplando y confesando el ‘Mysterium Lunae’ de la Iglesia, su no autosuficiencia, su permanente dependencia de la gracia, se podrían intentar «cambios y reformas». En aquella ocasión no anticipó ninguna intervención a nivel de estructuras. Ningún plan para “cambiar” la Iglesia. Dijo, sobre todo, que los posibles cambios y reformas en la Iglesia debían hacerse no para parecer modernos, sino teniendo como horizonte en el corazón «la salvación de las almas» Como enseñaba el otro gran teólogo francés Yves Congar, los únicos cambios necesarios e interesantes en la Iglesia son los que se aplican no para redistribuir «cuotas de poder interno» ni para dar visibilidad a quienes necesitan escenarios para hinchar su orgullo de veterano o de neo clerical. Sino para quitar lastres y obstáculos a la acción de la gracia en el dinamismo histórico real de la Iglesia. Y para facilitar el encuentro de las almas con Cristo. «En la Iglesia todo debe conformarse a las exigencias del anuncio del Evangelio; no a las opiniones de conservadores o progresistas, sino a que Jesús llegue a la vida de las personas» .
.

Advertisements

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *