El 73 Y SU POSVERDAD

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El 73 Y SU POSVERDAD

¿Cómo puede ser posible que pocos quieran reconocerle a las FFAA su necesaria y valiosísima intervención el 11 de Septiembre de 1973? Es bueno recordar lo que nos señala la filósofa y escritora Anna Pagés: “lo que recordamos siempre estará mutilado por la infidelidad de nuestra memoria, que muchas veces —antojadizamente— no quiere hacer el esfuerzo por recordar o se niega a recordar o a reconocer, posibilitando la ingratitud y, peor aún, el olvido por intereses mezquinos, por quedar bien con Dios y con el diablo, por acomodarse a las circunstancias, por sacar partido, o simplemente por ser incapaz de defender la verdad, cueste lo que cueste, y sufrir las consecuencias”.

Es en la posverdad, donde está la raíz del “olvido”, que ha instalado magistralmente la izquierda extrema con la ayuda de la izquierda democrática y, gran parte, de la derecha democrática. Es la que ha posibilitado la distorsión deliberada de la realidad, manipulando creencias y emociones con el objetivo de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales, para implantar “otra verdad”. Platón ya señalaba que lo que hace débil y despreciable al hombre no es el miedo a las circunstancias difíciles o extremas, sino la cobardía a enfrentarlas o a recordarlas, prefiriendo huir y olvidar.

Ante la crisis de credibilidad y la sensación de una realidad compleja, la posverdad se erige como la retórica del descontento y del desconcierto. Se trata de una forma del discurso que se da a la tarea de sistemáticamente poner en duda la validez de todos los referentes que puedan incomodar objetivos y que permiten establecer una agenda de debate paralelo, perfectamente creado, manipulado e ideologizado. La esencia de este discurso descansa en la negación de aquello que de manera convencional la sociedad considera como real o verdadero.

Si la posverdad requiere de un público dispuesto a creerla, también requiere de un sujeto que la enuncie, que la postule. Por regla general ese sujeto es un “actor político”, que solo jugará su papel con maestría, que lo tildarán erróneamente de loco, de desprolijo, de charlatán o de extremista porque rompe con todos aquellos atavismos y protocolos que tradicionalmente se asocian con la formalidad de la institución política. Se burla de los otros, se desentiende de los medios de información, se regodea en su persona y en su personalidad; se rodea quirúrgicamente de “cercanos” y hace de sus contradicciones y disparates una virtud retórica. Lo vimos en Mussolini, en Stalin, en Allende y ahora lo vemos en Boric.

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