CRONICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

Análisis y Opinión Cartas Chile En las redes

Jueves 24 de febrero de 2022
CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA, de Cristian Warnken

Lo que más me impresiona es el carácter casi sagrado que algunos le asignan a
todo lo que la Convención ha ido aprobando.

Cuando escribí hace semanas o meses, distintos artículos y cartas
hablando de los “amarillos”, jamás imaginé que lo que comenzó como
una “funa” callejera (me insultaron gritándome “amarillo”) iba a terminar
en esta iniciativa ciudadana, este grupo de opinión que en muy pocos
días consiguió la adhesión de más de quince mil personas a lo largo
del país. Y se siguen sumando todos los días.
Los primeros “amarillos” escribimos un manifiesto que hicimos público
ante la preocupación por las primeras resoluciones de las comisiones
de la Convención que apuntaban en una dirección maximalista. Al
revés de lo que el Presidente Boric había manifestado entre aplausos
en esa misma Convención, al decir: “No espero una Constitución
partisana ni al servicio de nuestro gobierno”, o sea, “la Casa de todos”.
Una lúcida y sensata declaración del Presidente electo, que parece no
fue escuchada.
Se nos ha acusado de “catastrofistas”, el adjetivo más amable de los que han lanzado en estos días
los furibundos, todos ellos de la élite, que nos acusan de ser “la élite”. La verdad es que hay una
catástrofe en curso: la de la no haber aprovechado esta oportunidad histórica para un diálogo amplio,
sin exclusión de nadie (no despreciando a la minoría), para hacer una Constitución transformadora (el
adjetivo lo puso Squella), pero no refundacional. Hasta una parte de la derecha (la más liberal) estaba
disponible para sumarse a una Constitución así, pero se prefirió avanzar en otra dirección, la
partisana.
Se ha dicho que los 2/3 representan a la mayoría del país (eso es cierto, pero acotada a la elección
de convencionales), olvidando que las mayorías son cambiantes, y así lo han demostrado las últimas
elecciones. Quien es mayoría tiene una tremenda responsabilidad ética y política sobre todo cuando
se trata de redactar una Constitución y no un programa de gobierno.
Lo que más me impresiona es el carácter casi sagrado que algunos le asignan a todo lo que la
Convención ha ido aprobando, y todo asomo de crítica o matiz (muchas veces razonable) que venga
de la sociedad civil es vilipendiado, con una soberbia y virulencia que pocas veces va acompañada
de argumentación de fondo.
Pareciera que lo que se está jugando aquí es una batalla simbólica, no constitucional: aprobar una
nueva Constitución a como dé lugar, no importando incluso si esta pueda ser una mala Constitución.

Lo importante es enterrar la Constitución del 80, y con ello a Pinochet, el neoliberalismo, etcétera.
Muchos de los que están aprobando normas altamente discutibles reconocen en privado eso, pero
argumentaban hasta ayer: “esto se arregla después en el camino”, el camino era el Senado. ¿Un
Senado que la misma Convención está eliminando?
Los más maximalistas, por supuesto, creen que lo que están aprobando es verdad revelada; lo grave
es que los que no siéndolo, prefieran plegarse a esta riesgosa apuesta solo por conseguir la victoria
simbólica que debiera enterrar para siempre el autoritarismo pinochetista. Grave y doble error:
primero porque la mejor manera de enterrarlo era hacer una Constitución democrática, con amplio
apoyo y consenso, una Constitución de impronta socialdemócrata (¿qué mayor derrota para una
derecha autoritaria y neoliberal?) y no una Constitución que corre el riesgo de ser aprobada por
simple minoría y mantener la polarización que tanto daño hace al país, por décadas: una bomba de
tiempo. Por eso nace “Amarillos por Chile”, para darles voz a millones de chilenos que quieren
cambios (algunos profundos), pero no quieren experimentos radicales que terminen echando por la
borda lo que ellos mismos han conquistado con mucho esfuerzo.
Lo que el país espera es lo que declaró Boric y por eso votó por él en segunda vuelta. Se necesita
urgente “una segunda vuelta” en la Convención. Por eso nace Amarillos, no para boicotear la
Convención, sino para salvarla de una derrota, la peor de todas: la de no ser capaz de unir —y no
dividir— a Chile.

CRISTIAN WARNKEN

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