AMÉRICA/PERÚ – “Terminó su vida rezando por todos”. Sor María Agustina Rivas, asesinada por ser agente de paz

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Por Stefano Lodigiani

La Florida – “Religiosa misionera asesinada por ser agente de paz” este era el título de la noticia con la que la Agencia Fides informaba de la trágica muerte de Sor María Agustina Rivas, religiosa misionera de la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, el 27 de septiembre de 1990 en La Florida, en el Vicariato Apostólico de San Ramón, Perú. “Estás condenada a muerte porque siembras la paz, promueves la condición social del pueblo y le das dulces” fue la acusación, en aquel entonces recogida por Fides, que leyeron ante la religiosa antes de que un grupo de hombres armados de Sendero Luminoso la asesinara a tiros junto con otras cinco personas.

La hermana María Agustina se disponía a enseñar a un grupo de mujeres jóvenes a preparar alimentos, en el Centro de Promoción Social abierto hacía una década por su Congregación en La Florida, para ofrecer asistencia social y caritativa a campesinos, indígenas y mujeres. Un grupo de hombres armados irrumpió en el centro y se llevó a la religiosa, no encontrando a la superiora. El grupo reunió a la gente en la plaza, separando a seis personas que habían sido elegidas y condenadas por ellos. El jefe del grupo armado leyó en voz alta una proclama con los motivos de la condena a muerte. Inmediatamente después comenzaron las ejecuciones, y la última fue Sor María Agustina, que se había ofrecido a cambio de la liberación de las otras personas. Antes de caer bajo los disparos del pelotón, se arrodilló y juntó las manos en actitud de oración. Se la acusaba de ser una agente de paz que, mediante obras de caridad y actividades educativas, había alejado a los jóvenes de la insurrección armada.

Por temor a nuevas represalias de los ejecutores, los cuerpos permanecieron en la plaza hasta la mañana siguiente, cuando fueron enterrados juntos en el cementerio de la ciudad. La hermana Agustina “había permanecido así entre sus hermanos campesinos, viva y muerta, como siempre había deseado”. El cuerpo de la hermana Agustina fue exhumado posteriormente por la policía judicial peruana para practicarle la autopsia. Las religiosas pidieron entonces que se les entregaran los restos de su hermana, que fueron enterrados el 6 de octubre en el cementerio Presbítero Maestro de Lima.

Agustina siempre había sido una pacificadora y promotora de su pueblo, como lo confirma la propia “sentencia condenatoria” que le costó la vida. Su congregación religiosa recibió innumerables muestras de solidaridad y gratitud cuando se difundió la noticia de su sangrienta muerte. Los Obispos de Perú hicieron un llamamiento a las guerrillas de Sendero Luminoso y del Movimiento Tupac Amaru para el cese inmediato de la violencia, que en los últimos diez años había causado 21.000 muertos, miles de heridos, mutilados y desplazados, así como pérdidas materiales millonarias. Los obispos subrayaron: “Es la primera vez que un grupo armado, de forma deliberada y consciente, asesina a una religiosa”.

María Agustina Rivas López, llamada Aguchita, nació el 13 de junio de 1920 en Coracora . A los 14 años se trasladó a Lima para estudiar en el Colegio Sevilla, regentado por las Hermanas de la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor. En 1941 ingresó en la misma Congregación, emitió su profesión religiosa temporal el 8 de febrero de 1945 y la perpetua el 8 de febrero de 1949. Vivió en Lima hasta 1988, desempeñando diversos servicios en la comunidad, desde los más humildes hasta los de educadora, de asistencia a menores en situación de abandono, riesgo social y pobreza, y de colaboradora de la Maestra de Novicias.
En 1988, fue enviada a La Florida, en la región de Junín, donde la Congregación dirigía una misión con un compromiso especial para ayudar a campesinos e indígenas, con particular atención a la promoción de las mujeres de esas comunidades. A pesar del peligro creciente de las acciones sangrientas de Sendero Luminoso, la Congregación siguió organizando programas de salud, educación, nutrición, alfabetización, artesanía y catequesis familiar. Sor Agustina vio en este nuevo destino una ocasión más de estar con los más pobres, aunque era consciente de las dificultades y los riesgos.

La causa de beatificación y canonización tuvo lugar, a nivel diocesano, del 4 al 16 de octubre de 2017 en el Vicariato Apostólico de San Ramón, en cuyo territorio se encuentra La Florida. En 2018, los restos mortales de Sor Aguchita fueron trasladados a la Iglesia de Santa Rosa de Lima en La Florida. Su martirio in odium fidei fue reconocido por el Papa Francisco el 22 de mayo de 2021, y su beatificación se celebró el 7 de mayo de 2022, en el parque central de La Florida.

También se ha dedicado un libro a la misionera peruana, que dio su vida por la Amazonia y los pueblos amazónicos, titulado «Aguchita: la muerte no se improvisa, el amor es nuestra vocación», escrito por Alfonso Tapia, Vicario General de San Ramón. Comentando el texto, el historiador José Antonio Benito señala que, entre los pueblos de la selva peruana, en Aguchita “se puede ver mucho de Santa Teresa, por su experiencia de infancia espiritual, en la confianza y el abandono en Dios. Sin esta dimensión, Aguchita sería una activista social -excelente- pero reducida a una voluntaria social. Aquí se revela la clave de su caridad y santidad”.

En su relato del asesinato de Aguchita y los aldeanos, José Antonio Benito señala que “la religiosa -en todo momento- rezó por todos. Así terminó su vida y la de los aldeanos que murieron aquel trágico día”. Pero para el creyente, el martirio no es algo que termine con el acto sangriento, por lo que “la muerte de Aguchita, y de los miles de peruanos inocentes que murieron injustamente, se convierte en un testimonio de paz y libertad”.

El sábado 7 de mayo de 2022, en el parque de La Florida, en el Vicariato Apostólico de San Ramón, en el mismo lugar donde fue asesinada la religiosa, se celebró la Misa de Beatificación de la hermana María Agustina Rivas López, conocida como Aguchita. Presidida por el Cardenal Baltazar Enrique Porras, Arzobispo de Mérida y Administrador Apostólico de Caracas, Enviado del Papa Francisco, contó con la asistencia de miles de fieles.

“El martirio de la hermana Agustina tiene varios aspectos que merecen ser considerados”, señaló el Cardenal en su homilía. “En primer lugar, el sinsentido de la violencia, del crimen, de la injusticia, de la vileza de las ideologías para las que la vida humana no cuenta. El uso indiscriminado de las armas sólo deja muerte y desolación, no resuelve los verdaderos problemas de la convivencia humana”. A la luz de la Palabra de Dios y con la fuerza de la Eucaristía, el Cardenal invitó a los creyentes a “cultivar las vocaciones a la vida sacerdotal, a la vida consagrada, a la presencia estable de líderes laicos, que den espacio a la multiplicidad de dones que el Espíritu Santo siembra en cada uno”.

Para sor Agustina, “el martirio no fue una improvisación, sino el holocausto final de amor a su vocación”, subrayó el cardenal Porras, recordando que “su vida y su muerte nos recuerdan que para todo bautizado ésta es una dimensión constitutiva de su existencia; toda la vida cristiana mira al martirio como horizonte permanente, en esta dimensión oblativa, ya sea de forma incruenta la mayor parte de las veces, ya sea de forma cruenta”. Recordando el pasaje evangélico de la Misa, el Cardenal Porras destacó que “en sor Agustina se hizo presente el Evangelio del Buen Pastor. Como buena pastora, Agustina dio su vida por sus ovejas… Hoy celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte y afrontamos el reto pascual de ser discípulos y misioneros apasionados por aprender y enseñar a vivir”.

Al finalizar la Misa, el obispo del Vicariato Apostólico de San Ramón, monseñor Gerardo Zerdín, anunció que la iglesia frente a la cual se celebró la Misa de Beatificación será el “Santuario Vicarial de Santa Rosa de Lima y de la Beata Agustina Mártir”. El Papa Francisco, tras el rezo del Regina Coeli del domingo 8 de mayo de 2022, rindió homenaje a la nueva beata de la siguiente manera: «Esta heroica misionera, incluso sabiendo que arriesgaba la vida, permaneció siempre cerca de los pobres, especialmente de las mujeres indígenas y campesinas, testimoniando el Evangelio de la justicia y de la paz. Que su ejemplo pueda suscitar en todos el deseo de servir a Cristo con fidelidad y valentía».

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