AMÉRICA/MÉXICO – La historia de Lety, una “enferma misionera”

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Unión de Tula – Se llama Esther Villafaña Ruiz, pero todos la llaman Lety en Unión de Tula, en la diócesis de Jalisco, donde vive. Su vida se resume en unas pocas palabras que, bien o mal, en lo bueno y lo malo, hablan de cosas concretas. Una enfermedad paralizante, un encuentro importante y el descubrimiento de que, incluso en medio de las propias limitaciones y pequeñeces, pueden brotar cosas bellas e inesperadas, si uno las pone en las manos adecuadas.
A la edad de un año, Lety enferma de poliomielitis: un diagnóstico que deja pocas esperanzas de que pueda volver a caminar. Su infancia está llena de rabia: Lety es la que siempre va con retraso, incluso en la preparación del colegio. A medida que crece, la rabia se apodera de ella desde primera hora de sus días, al tiempo que le surgen preguntas sin respuesta que la atormentan: ¿por qué a mí? ¿Qué he hecho de malo? ¿Y quién me desea tanto mal? A pesar de todo, nunca le falta tenacidad y una fuerza misteriosa que la impulsa a resistir y a seguir adelante.
Lety se hace adulta y pasa por siete operaciones. Cada vez es la misma historia: “Señora, nunca volverá a caminar”. Pero todas las veces consigue levantarse y volver a ponerse en pie. Aunque signifique mucho dolor.
Pero lo que salva su vida de un destino de infelicidad vivido siempre al borde de la rabia contenida no son las operaciones, no es su tenacidad, ni la fuerza de voluntad llevada al extremo hasta convertirse en espíritu de sacrificio. Lo que cambia las cosas es un encuentro fortuito con un sacerdote, que la ayuda a sentir de primera mano el amor de Jesús por ella. Con el tiempo, Lety se da cuenta de que todo lo que tiene para ofrecer como muestra del amor que abraza su vida es su cuerpo enfermo, la condición en la que se encuentra, la pobreza de sus limitaciones humanas. Pero al fin y al cabo así funciona para todo el mundo. A menos que uno pretenda poseer talentos “indispensables” para hacer efectiva la acción de la gracia.
Por este camino, la vida de Lety se convierte en una pequeña gran aventura de dedicación misionera. Que tiene el mundo como horizonte. Junto con un amigo, Lety fundó un Grupo Juvenil Misionero y lo dirigió durante 37 años; se dedicó a los grupos de Infancia y Adolescencia Misionera, a la Unión de los Enfermos Misioneros y a la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe. A tiempo completo, fue responsable de la Unión de Enfermos Misioneros durante 28 años, y Directora Diocesana de Misiones durante nueve años.
“Quería ir a África, así que el Señor trajo África a mi diócesis: soy la madrina de un matrimonio que se fue de misión a Burkina Faso durante tres años. Ahora tenemos un pequeño grupo de personas que apoyan a los niños de ese país desde aquí”, dice Lety. “Hoy – añade – mi salud se ha complicado y paso más tiempo en la cama que caminando, pero estoy contenta porque Dios me ha permitido seguir trabajando para la misión. A veces, desde mi cama, puedo dar catequesis pre-sacramental, desde el bautismo hasta el matrimonio. Mucha gente viene a hablar conmigo, a pedirme consejo y a rezar juntos, sobre todo, tengo la felicidad de tener siempre el Santísimo Sacramento conmigo en casa, con la aprobación del obispo”.
Lety, así como muchos otros enfermos, ofrece su condición por las misiones y por los misioneros.
Este año, con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra hoy y tiene como tema «Cuida de él. La compasión como ejercicio sinodal de sanación», muchas direcciones nacionales de las Obras Misionales Pontificias de todo el mundo han preparado subsidios y han programado iniciativas para testimoniar cómo incluso en la condición de enfermos y de ancianos, el don del bautismo puede hacer florecer una atención gozosa y creativa por la obra misionera de la Iglesia.

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